SALAAM BOMBAY
El tema de este filme, el de la niñez abandonada y victimizada, es tratado con una limpidez de espíritu y ausencia de sentimentalismo que nos recuerda precedentes tan célebres como Lustrabotas y Los olvidados. Y esto se manifiesta en la diafanidad de imágenes que rehúyen los efectismos de moda, inclinándose por una prosa austera y desdramatizada.
El filme se centra en las vidas mínimas de una ciudad superpoblada en la que conviven la violencia de la gran urbe con el primitivismo de la aldea. Allí ha llegado Krishna, un niño de diez años abandonado por el circo itinerante en que trabajaba. Ha elegido Bombay como un lugar de tránsito, sólo para trabajar reuniendo las 500 rupias que le permitirán pagar el pasaje de retorno a su aldea.
Los sucesivos episodios que jalonan el filme nos van conduciendo a la angustiosa certeza que para Krishna se trata de un sueño imposible en medio de una realidad de robos, drogadicción, prostitución y violencia que dominan los barrios pobres de la ciudad: un mundo de dominadores y dominados, de víctimas y victimarios, de corrupción y desamparo. En ese espacio brutal, de miseria física y moral, Krishna hace su aprendizaje de las técnicas de supervivencia y lleva a cabo su educación sentimental a partir del sufrimiento, el afecto, el odio.
Es la mirada de Krishna la que nos va revelando ese universo de transacciones despiadadas poblado por los «humillados y ofendidos» de una sociedad que ha llevado a sus límites los conceptos de «clase» y de «casta» a partir de una antigua cultura que se adapta a los mecanismos de explotación y desprecio de las modernas sociedades industriales. La odisea del niño, que se inicia con su situación de abandono y continúa con su mísera ocupación de repartidor de tazas de té, le permite familiarizarse con un vecindario que reproduce los traumas sociales y morales del macrocosmos social y que constituye, a la vez, una galería de esas diversas formas de desamparo y miseria: allí están la joven y candorosa Solasaal secuestrada y vendida a un burdel y que despertará en Krishna un amor tan incipiente como desesperado; el sórdido Baba, traficante y dominador de esa reproducción a escala de la sociedad establecida; la pequeña Mariju , solitaria y triste hija de una prostituta; y el paria drogadicto que ha llegado a ser lo más parecido a un amigo para el pequeño Krishna y que nos es presentado como un doloroso símbolo de las víctimas expiatorias de un sistema clausurado.
Aunque Salaam Bombay es una producción financiada por tres países (India, Gran Bretaña y Francia), preserva, sin embargo, una identidad nacional sin concesiones a la visión pintoresca u occidentalizada de una India a menudo mixtificada por las superproducciones norteamericanas.
La distancia que la realizadora toma frente a su historia está determinada fundamentalmente por su respeto a una realidad que ha sido reconstruida combinando la participación de actores profesionales con la de auténticos habitantes de la marginalidad. También por la rigurosa observación de la cotidianeidad y su trama de pequeñas anécdotas que va conduciendo el relato hacia una conclusión trágica.
Este filme constituye, sin duda, un ejemplo, de un cine del «tercer mundo» sin complejos, que se atreve a narrar aquello que los críticos del «establishment» dan por superado, rehuyendo toda pretensión intelectualista, veleidad vanguardista o pirueta «pop». Hablándonos, en suma, de aquello que el cine más noble nunca olvidó: los seres humanos auténticos y su dimensión trágica.
JOSÉ ROMÁN
LA REALIZADORA
Mira Nair, nació en Orissa, India, en 1957. Se graduó en la Universidad de Delhi y más tarde en Harvard. Comenzó su carrera como realizadora en 1979, con el documental Jama Masjid Street Journal, al que siguieron So Far From India, en 1982; India Cabaret; y Children of Desired Sex; en 1987. Sujeta a una viva controversia, India Cabaret ganó el premio al mejor documental en el American Film Festival y en el Global Village Film Festival. Salaam Bombay, su primer largometraje, obtuvo el Premio Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 1988.
