Rompehielo

La edad del capitán

 

Jean-Paul Fargier

 

Primero de los tres films que componen Brise-Glace, el de Jean Rouch, titulado Bateau Givre, se propulsa de golpe más allá del Tiempo, de lleno en el Mito. Sísifo de los Hielos, el barco de Rouch recomienza incansablemente el mismo trabajo: halar hacia alta mar a los desgraciados navíos atrapados en la banca de hielo. Se les cree desgraciados y sin fortuna, pero cabe preguntarse si esta desventura no forma parte de sus destinos.

 

Silencioso. Esa es la palabra que precisa la posición mítica del »barco Rouch». En verdad, uno se imagina mal la eternidad ruidosa. Del rompehielos en tarea, Rouch no retiene más que zumbidos, arrugamientos, palmoteos ligeros, chapoteos. El helicóptero, esta mosca, es infinitamente más ruidoso que el mastodonte que lo acoge. Ninguna voz viene a perturbar el implacable deslizamiento del gran martillador de la banca. El barco trabaja sin que ninguna orden sea jamás pronunciada. Hay un Jefe, es cierto, pero al parecer, éste no tiene necesidad de palabras para hacerse oír. Le basta un simple movimiento de ojos. Capitán silencioso, como su barco, más que dirigirlas, lo que hace es vigilar las operaciones. Todo lo domina con su mirada calmada, inspeccionando el horizonte con sus gemelos, llenando la pipa, sobrevolando el desierto blanco en busca de un desesperado que socorrer.

 

Es por la mirada de su capitán que el barco de los hielos penetra definitivamente en el Mito. Jamás se ha visto un capitán como este. La prueba es que, en el film siguiente, Sa Majesté Freg Brise-Glace: d’Etat, de Titte Törnroth, el capitán del rompehielos es totalmente diferente. Y sin embargo se trata del mismo capitán. Y del mismo rompehielos. El cual, a su vez, se transforma en otro barco. El «Frej» (nombre del barco) de Titte Törnroth hace ruidaje de miles de ruidos. Y su capitán habla. Imparte órdenes. Las que son retransmitidas. Y se confía, se inclina sobre su alma. Habla de sus gustos, de su pasado, de sus placeres (en la bella estación). Conocemos de su boca hasta qué punto la acción del rompehielos es necesaria para la economía del país (Suecia). Está previsto que todo navío, que entre diciembre y abril irá a cargar o dejar mercaderías (acero, madera, petróleo) a tal o cual puerto del norte, será aprisionado por los hielos y necesitará de un rompehielos para salir del escollo, El helicóptero es su indispensable complemento. Permite ubicar desde lo alto las vías naturales, las fracturas, las suturas mal hechas que la banca de hielo ofrece a su esfuerzo de triturador. El rompehielos no navega: sigue su ruta por rieles que él mismo se crea, deslizándose por su estrecho canal.

 

Quizás porque vienen de otra parte, pero también porque tienen la costumbre de aproximarse a la realidad como una ficción, que Jean Rouch y Raúl Ruiz descubren en el Hielo, mucho más que agua de mar helada; y en el rompehielos, algo más que un simple navío grande y poderoso.

 

Rouch inmortaliza una especie de acto gratuito, un vaivén fatídico. Inmediatamente después de haberse acercado a los límites del mar abierto, el rompehielos vuelve por el mismo camino, dejando atrás su embarazoso fardo, devuelto ya a su elemento natural. Para reencontrar, él mismo; su propio elemento: los enormes bloques de hielo que declinan toda la gama de los grises. Esa inmensidad blanca, con ese silencio que ninguna ola perturba, donde a veces se escucha el tintinear de la lluvia sobre la escarcha. El logro de la película de Rouch se apoya en la descomposición del paisaje en zonas de luces cambiantes, renovadas sin cesar (sin olvidar el esplendor de las noches claras), oponiéndose a la uniformidad del esfuerzo remolcador. Por decirlo de algún modo, es siempre el mismo barco que el Bateau-Civre libera de su blanca prisión.

 

El rompehielos de Histoires de Glace (título del film de Ruiz) es antes que nada un navío interior, una balsa íntima. La sangre, la locura, eso es lo que Ruiz encuentra al quebrar el hielo. Una formidable voz-off estructura su relato, manteniendo juntos elementos que de otro modo se habrían disuelto bajo nuestra mirada. Así, la helada que impide que el agua se expanda, solidificándose. Las hábiles palabras del narrador crean una especie de relieve que de lejos parece una película como estos bloques de piedra que adquieren rostro humano desde el momento que uno se aleja de ellos, según la frase de William Blake que Ruiz pone de colofón. Y mucho más que un colofón, puesto que esta anotación aparece como verdadero elemento ficcional (siendo, entre otras, una historia de hielo).

 

«Vi algo que me congeló la sangre». «Me dió la bienvenida con una voz helada». »Me miró fríamente». Ruiz no retrocede ante ningún contagio del significante »hielo». Lo más aturdidor es la invención de este personaje »hecho de agua», a consecuencia de una enfermedad. »Las células de mi cuerpo, unas tras otras, se están licuando. Por el momento no es más que agua helada y mientras permanezca de hielo, viviré. Mi única esperanza es partir hacia el polo norte lo más rápido posible». No lo logrará y días más tarde, su amigo, el narrador, encontrando en una calle de Estocolmo trozos de hielo derritiéndose en el suelo, comprende que «lo peor ya ha ocurrido».

 

Para relatar estas historias, cada cual más extravagante, Ruiz emplea procedimientos ya probados, a los que imprime una nueva frescura. En particular, las imágenes fijas, al estilo fotonovela, que hicieron que Colloque des chiens fuese un éxito, o los filtros de colores de La ville des pirates. Y algunos prismas deformadores, discretamente dispuestos delante del objetivo. Con el propósito de convertir las cosas en algo lo más subjetivo posible. Es así como no se puede sino admirar la agilidad con que Ruiz hace ficcionar todo. Bloques de hielo, corredores desiertos recorridos de dos zancadas – es todo lo que veremos de este drogadicto enviado a un barco-prisión modelo y que se da cuenta, evidentemente, que es el único prisionero a bordo – algunas vistas de Estocolmo, muy tarjeta postal; una cabina, su cama, su cortina y también, un accidente de rodaje – «salí con el codo quebrado», dice el narrador, y esto es lo que efectivamente ocurrió a Ruiz a bordo del Frej durante la filmación.

 

Más cerca del tema, la luz. A la luz blanca del Norte que Rouch y Titte Törnroth describen bajo todos sus ángulos, Ruiz le encuentra un magnífico rol para representar en sus Histoires. Será una luz interior, como el barco. «Yo veía la luz dentro de mí… me decía: llevo al mundo entero conmigo». Más adelante, el barco (en ese momento se percibe el Frej) »se dirige hacia mi cerebro», el cerebro del narrador. Todo sale de él o entra en él: luz, mundo, navío. Nada sorprendente, a la inversa, que sobre el rompehielos descanse un modelo reducido del barco y que en el puente de este minúsculo navío el narrador descubra una silueta que lo representa. El gran principio de las fantasmagorías ruizianas es la disolución de las escalas. Todo puedo transformarse en algo igualmente significante. Así como le ocurre a este personaje del que se nos dice que »puede desdoblarse a su voluntad, imitar las formas simples» y que, »en unas cuantas horas logra transformarse simultáneamente en cenicero, pipa, taza de café y disfrazarse de banquete sueco», mientras en la pantalla desfilan, como naturalezas muertas, un cenicero, una pipa, una taza, una mesa preparada para una cena de aniversario. En momento alguno se piensa que se trata de un buen recurso para hacer escurrir planos »insignificantes», filmados casi a ciegas a bordo del rompehielos sueco. Simplemente se cree en ellos. El clima fantástico instalado desde un comienzo nos empuja a tener esa credibilidad. Caemos en todas las trampas. Siempre hay un modo muy bien ajustado para precipitarnos en el tablero de imágenes.

 

El capitán del barco Ruiz, tampoco tiene edad. Por que no hay capitán.

 

Finalmente, estas tres películas hacen buen matrimonio. Encontramos, incluso en la ficción de Ruiz una pequeña frase sobre un tipo que tiene la costumbre de tocar trompeta en el puente. Ese tipo sirve de hilo conductor al film de la sueca (se trata del piloto del Frej). Así, uno podría divertirse haciendo los recortes que van de una obra a otra. Lo haremos en otra ocasión. Lo que hay que subrayar es su gran diversidad. Ruidos aterciopelados en Rouch, pequeños murmullos en la sueca, música de Jorge Arriagada, prácticamente sin ruidos adicionales, en Ruiz. Este cuadro se completará escuchando las creaciones musicales y radiofónicas que forman parte del proyecto Brise-Glace: La música compuesta por Luc Ferrari teje armonías, dulces por momentos, estrepitosas en otros (soberbia y magnífica tempestad) sobre una trama de ruidos recogidos a bordo y alrededor del Frej. Un relato, de mujer embarcada a último minuto que se inicia y termina con la misma frase: »es siempre la misma cosa». Otro, que ha experimentado en el norte helado la embriaguez de un naufragio del tiempo, la brusca zambullida en el eterno recomienzo. En cuanto a la emisión de radio, de David Jisse, ésta recoge algunos momentos, fuertes o débiles, dramáticos (como el brazo quebrado de Ruiz) o divertidos (el ambiente de relaciones internacionales). Es maravilloso lo que se puede hacer, nada más que mezclando ruidos, pequeñas ondas de choque, trozos de conversaciones, migajas de música, silencios, risas, pasos, etc…

 

Cuando se hojea el libro ilustrado con las excelentes fotos de Katalin Volcsanszky (que es por lo demás, la voz que se escucha en la obra de Ferrari, y que proporciona a Ruiz algunas de sus imágenes fijas), y además, se lee los textos que allí se encuentran acerca de los hielos (Poe, Julio Verne, etc), se sorprende uno por la unidad de esta empresa multimedia, única en su género , en la que ningún ele mento está allí para sobrevalorizar a tal o cual otro, si no cada uno cuidando su autonomía y su singularidad, enriqueciéndose en la proximidad.

 

Para alcanzar una convergencia de esta envergadura, Pascal-Emmanuel Gallet, promotor del proyecto, trabajó visiblemente como un verdadero producer. Es su marca la que encontramos en cada pieza y en el paso de la uña a la otra, y que se expresa de manera precisa, en la introducción erudita que escribe para analizar los temas tradicionales en la literatura polar de pérdida de las referencias, de superación de los límites, de fascinación por la blancura. Es justo que, para terminar, sea rendido un homenaje a este joven capitán.

 

Publicado en »Cahiers du Cinéma» N2 402, diciembre de 1987.

 

 

CRÍTICAS

Archivos Normandie es un archivo patrimonial digital que pone en valor la crítica cinematográfica y la programación del Cine Arte Normandie entre 1982 y 2001.


BUSCAR


CINE ARTE NORMANDIE

El Cine Arte Normandie forma parte del patrimonio cultural de Santiago al rescatar lo más valioso del cine nacional e internacional que se estrena en Chile.