Giuletta de los espíritus

EL REALIZADOR

La trayectoria cinematográfica de Federico Fellini, nacido en Rimini en 1920, se inicia con sus trabajos como guionista en los filmes de Roberto Rossellini Roma ciudad abierta (1945) y Paisá (1946).

En 1950 debuta en la realización ce-dirigiendo con Alberto Lattuada Mujeres y Luces (Luci del Varieta), película sobre la vida de unos artistas trashumantes de teatros de provincia. En ésta y sus siguientes obras: El jeque blanco (1951) y Los inútiles (1953), centradas también en aspectos de la vida provinciana, se perfilan ya los temas que desarrollará ampliamente en sus filmes posteriores: el mundo del espectáculo y la farándula y la aproximación compasiva, tierna y humorística a los seres simples y vulgares.

La consagración de Fellini se produce en La Calle (1954), en la que crea los inolvidables tipos humanos del saltimbanqui Zampano y su acompañante Gelsomina, rol que consagra también a su esposa la actriz Giulietta Masina. Realiza después Almas sin conciencia (Il Bidone, 1955) y Las noches de cabiria (1956), visión de la criminalidad y la redención la primera y reflexión poética sobre el mundo de la prostitución y las ilusiones perdidas la segunda.

La dolce vita (1960), poderoso fresco sobre la decadencia de la burguesía y la aristocracia romanas, abre una nueva etapa en su obra, caracterizada por una narrativa por episodios y por un creciente barroquismo en el estilo. En 1963 realiza Ocho y medio, compleja construcción cinematográfica que alterna el presente, el pasado, los sueños y lo imaginario para reflexionar sobre las tribulaciones de un director de cine y las intimidades de la creación artística.

El énfasis en las referencias autobiográficas y la desarticulación del relato lineal, privilegiando la expresión de la subjetividad y el mundo de los sueños, marcarán, desde entonces, fuertemente su obra.

Con Julieta de los espíritus (1965) y su versión de El satiricón (1969) de Petronio, Fellini acentúa su tendencia al barroquismo narrativo y plástico de su cine. Tanto Roma (1972) como Amacord (1974) desarrollan el tema de las reminiscencias de la infancia y la adolescencia en un mundo estilizado por la memoria, a través de una serie de “cuadros” plenos de nostalgia, humor y poesía. En ellas se manifiesta también la indiferencia del realizador por construir una trama dramática o una línea anecdótica, dejando que el interés surja únicamente de la fascinación de sus imágenes.

Una obra recargada, próxima al manierismo, La ciudad de las mujeres, parecía encerrar la filmografía del realizador en un círculo repetitivo y retórico. Sin embargo, filmes como Ensayo de orquesta y La nave va, aparecen como nuevas manifestaciones de la originalidad y la vitalidad de un arte que ha sabido hacer del encanto, la levedad y la observación del hombre en sus rasgos tragicómicos, materia de la más alta poesía.

 

JULIETA DE LOS ESPÍRITUS

En este filme nos encontramos ante ese soberano poder de la imaginación que teje la trama, libera el tema, provoca las emociones del espectador y de hecho, crea la obra entera. La inquietud de Julieta se nos hace sensible por las imágenes que ella engendra y que el cineasta nos transmite: una suerte de delirio onírico y una creación del espíritu puesta en oscilación por sus más secretas reacciones. Lejos de ser gratuita, esta imagen es significante, tanto en el desarrollo del tema que ella libera –se puede apreciar que su proceso es inversivo al del cine no sólo llamado “tradicional”, sino al de transición posterior al advenimiento del sonoro- como en el sentimiento que esta imagen aporta al espectador, constantemente solicitado, provocado, fascinado por la belleza de la expresión audiovisual que le es ofrecida. Esta fascinación –que es sin duda el término que expresa mejor ese sentimiento que no es nuevo sino reencontrado ante la pantalla- esta fascinación es particularmente sensible en esta película donde la invención brota a cada segundo, donde el delirio visual reviste las formas más extrañas, compone las imágenes más seductoras. Si un cineasta merece el nombre de creador, es seguramente a Fellini que el término se aplica mejor. Raramente la pantalla ha reflejado tal efusión lírica, tal proliferación de visiones que brotan unas de las otras. se atropellan, armonizan y finalmente nos encantan tan misteriosamente como un poema o un concierto, por su libertad, su espíritu caricaturesco, su insólita extravagancia.

Es evidente y este detalle importa en la evolución del cine, que el color cesa de ser un simple elemento complementario para integrarse , como el sonido y la música, a la imagen sono-visual , para formar un todo indisociable. Su rol se hace positivo, su cualidad necesaria.

(Pierre Leprohon, «Le Cinema ltalien»)

 

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No es por desarrollo argumental sino por texturas que esta película persigue sus objetivos. Cerca del comienzo, algunas amigas traen un medium a la casa de Julieta, quien invoca el espíritu de una mujer para que él hable. (Es una fiesta de aniversario de matrimonio . Esto simboliza la apertura de los sentidos de Julieta a un mundo más complejo que el del marido, hijos y la canalizada amistad a la que ha estado limitada. En el transcurso del filme, ella llega a ser más íntima y confidencial con una amiga (Valentina Cortese), quien es un ser oscilante en lo social y lo sexual: ella consulta a otra medium cuya atmósfera y mensajes son puramente sexuales; se permite visitar a una hermosa y bellamente mantenida mundana (Sandra Milo), que vive en su vecindario. Estas experiencias y otras le significan explorar su pasado y analizar sus fantasías y le significan también explicar su presente, su impotencia y sus poderes y explorar la geografía de su femineidad.

Los paralelos con Ocho y medio son obvios. Este filme es su contra parte femenina. La edad de ambos protagonistas es aproximadamente la misma -el momento de la realización , que en ambos no se ha cumplido. Aquí hay mediums, así como alguien que lee la mente en Ocho y medio; allí la fantasía del boudoir femenino y aquí la del harem de hombres, así como ambas tienen su contrapartida de recuerdos de infancia. (Aquí una representación del colegio y un abuelo libertino, en lugar de una madre consoladora y una prostituta gorda). Pero el efecto de esos elementos no es tan conmovedor como en Ocho y medio y en la medida en que ellos desarrollan en pequeña (escala el pathos y el misterio, llegamos a ser conscientes de que son una tentativa de brillantez.

Pero ningún filme hecho por Fellini puede resultar un lugar común visual, particularmente cuando ese vestuario hiperbólico ha sido diseñado por Piero Gherardi, su colaborador de tanto tiempo y cuando la dirección de fotografía es de Gianni di Venanzo. uno de los mejores en su oficio. Los sueños y las escenas de recuerdos están diestramente compuestas y montadas. Las pequeñas obscenidades (como las contorsiones de las dos niñitas), son introducidas como humo radas que resultan ser humoradas sobre sí mismas. La bizarrerie teatral, las referencias subliminales, los ritmos volátiles, producen el único, inequívoco estilo Fellini.

Extractado de: Stanley Kauffmann. «A World on Film». New York, 1966.

CRÍTICAS

Archivos Normandie es un archivo patrimonial digital que pone en valor la crítica cinematográfica y la programación del Cine Arte Normandie entre 1982 y 2001.


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