La ciudad y los perros

OPINIONES DE FRANCISCO J. LOMBARDI

»Sin duda tenía vinculación con el cine que siempre me gustó ver. Aquel de largos plano-secuencia en que el actor es el verdadero soporte dramático de la acción. Me interesaba hacer un cine definitivamente personal, sin que necesariamente hubiera detrás un universo personal aún claramente delineado. Prefería hacer un cine de personajes más que de anécdota y siempre tuve la convicción de que el cine peruano debía reflejar los elementos que nos hacen ser como somos. Ese ser nacional del que el cine debe dar cuenta, integrándose a la cultura nacional.

… Siempre me pareció importante mirar alrededor. Salir de mis experiencias de miembro de una familia de clase media provinciana, relativamente pudiente, que luego llega a Lima para estudiar en la universidad. Esas experiencias no me parecen sinceramente interesantes desde el punto de vista de lo que considero debe ser ese aporte del cine nacional a la cultura peruana. Considero que aquí las películas que se hagan deben motivar el interés, apelar a la sensibilidad de un número considerable de personas. Por eso cuando escribo una historia, tengo en mente siempre esta necesidad. Sin duda, esto es una limitación y un desafío, pero lo considero estimulante. Los cineastas que deseen decir cosas muy personales y dirigidas a un auditorio pequeño deben guardar por ahora sus proyectos para épocas mejores, para cuando el mercado nacional o extranjero (la televisión europea por ejemplo), pueda asimilarlos. Sin embargo considero que pueden hacerse películas que tengan un sello personal aún dirigiéndose a un público vasto. Creo que mis películas han logrado eso. Se percibe el toque personal aunque quizás sin llegar todavía al cine de autor.

… Pienso que actualmente hay un dilema entre hacer cine de personajes y cine de historias. Hacer las dos cosas simultáneamente es un desafío que trataré de emprender más adelante. El primer paso hacia la madurez del cine peruano se dará cuando las películas presenten personajes ambivalentes, que no sean buenos ni malos, ni blancos ni negros, y que a pesar de eso logren hacerse interesantes al auditorio.

… En todas mis películas está presente esa tendencia potencial de mis historias a desviarse hacia la truculencia y por ello siempre me he preocupado de tomar estos elementos con cierta cautela. Sin duda la realidad en que vivimos es extremadamente violenta. Es necesario filtrar ciertos elementos . Siempre me ha preocupado el que la violencia sea asumida en función de una visión integral.

En el Perú vivimos realidades terribles que muchas veces no vemos, construimos murallas frente a realidades que son absolutamente demenciales. En Muerte al amanecer y Muerte de un magnate tratamos de utilizar acontecimientos que tocaban directamente el morbo de la gente, para luego canalizarlos y encarnarlos en una historia. Es importante atraer al público con temas que le interesen, para luego ofrecerle un planteamiento distinto de ese tema. Hacer buenas películas con temas que le interesen al vasto auditorio es la vía para hacer un cine nacional valioso. Considero que los personajes más estimulantes en el cine son aquellos que no tienen un lado categóricamente positivo o negativo. Los personajes que me atraen son los ambiguos, los conflictivos. Sin embargo nuestro público requiere personajes muy simples, de una sola dimensión, para identificarse con ellos y seguir sus aventuras. Un desafío grande para el cine nacional va a ser el conquistar al auditorio y a la vez experimentar con la construcción de los personajes, haciéndolos cada vez más complejos.

…Los militares han sido durante muchos años protagonistas indeseables en nuestros países, especialmente en el Perú. Creo que era muy importante y necesario que hiciéramos una película sobre ellos… Pero La ciudad y los perros no sólo quiere ser una película sobre los militares, quiere ser entre otras cosas una reflexión sobre unos personajes atrapados en un sistema que les conduce a un aprendizaje errado y doloroso de la vida.»

 

LA CIUDAD Y LOS PERROS

Adaptar al cine una novela indispensable en el panorama cultural latinoamericano -como lo es la obra de Vargas Llosa- era un desafío que Francisco J. Lombardi ha sabido enfrentar con inteligencia, oficio y sensibilidad. La evocación de la adolescencia en el Colegio Militar Leoncio Prado, se constituye en un microcosmos que reproduce los mecanismos de poder, humillación, degradación y violencia característicos de sociedades encerradas en formas autoritarias. Toda la falacia del orden impuesto, de la disciplina exigida, de la propaganda de virtudes paradigmáticas que son violadas sistemáticamente por el sistema que las exalta, son puestas en evidencia en un relato que hace especial hincapié en el destino de los débiles en una sociedad regida por el poder de la fuerza bruta.

Lombardi, con su adaptador y guionista José Watanabe, rehúyen la tentación de traducir al cine los distintos niveles del relato literario. Escogen, en cambio, la simple construcción lineal, centrándose en una de las dimensiones de ese relato. De la vida cotidiana del colegio militar, tan cruda y a la vez elípticamente descrita por Vargas Llosa, toman como eje la idea de prisión del colegio -cuartel, la que desencadena el conflicto entre la disciplina impuesta por los reglamentos castrenses y los códigos reales que rigen la vida de relación de los jóvenes cadetes.

Ajustándose fielmente a este nivel de la novela, Lombardi traduce adecuadamente su interesante estudio de caracteres. En ese mundo semi-clandestino de los muchachos uniformados y confinados a su encierro forzoso, hecho de poder y sumisión, lealtades y traiciones, destaca el triángulo formado por Alberto -el único narrador en la adaptación cinematográfica- el Jaguar y el Esclavo. Estos dos últimos representan, como lo subrayan sus alegóricos apodos, dos actitudes vitales en una estructura social regida por el poder del más fuerte. Es sobre todo el personaje del Jaguar el que configura la idea de escuela-prisión, en cuanto se le presenta como un rebelde ante la violencia de los mayores, pero que sólo logra sobrevivir organizando un sistema de sumisión y explotación que no es sino una reducción a escala de ese sistema al que ha rehusado doblegarse. El Esclavo, por su parte, es una víctima propiciatoria , cuya única forma de rebeldía -la más grave según el código de sus verdugos: la delación- lo conduce al sacrificio. El personaje de Alberto, en su doble rol de narrador y protagonista, resulta el más complejo e interesante. El se ha adaptado con astucia al sistema, pero termina por traicionar todas las lealtades, desde una postura moral que es consecuencia directa de su origen de clase.

Las complejas relaciones que se establecen entre estos personajes y la manera en que cada uno de ellos enfrenta al poder del establecimiento militar, son recreadas con convicción por Lombardi, un

cineasta que ha sostenido explícitamente su interés por los personajes más que por las incidencias anecdóticas y su voluntad de hacer del actor el soporte dramático de la trama.

Después de una importante trayectoria como crítico en la prestigiosa Hablemos de Cine, Francisco J. Lombardi ha madurado en sucesivos largometrajes (Muerte al amanecer, Muerte de un magnate, Maruja en el infierno, ninguno de ellos estrenado en Chile), un dominio del lenguaje cinematográfico que lo aproxima al cine clásico, lacónico y eficaz, identificado con la idea de prosa narrativa. De ahí que aproveche, sin introducir cambios, la seca precisión de los diálogos de la novela y transcriba textualmente algunas de sus escenas.

A partir de una clara concepción de las posibilidades de una adaptación literaria, Lombardi ha superado ya la etapa de mera corrección artesanal, dando muestras de inspiración y solvencia narrativa.

JOSE ROMAN

CRÍTICAS

Archivos Normandie es un archivo patrimonial digital que pone en valor la crítica cinematográfica y la programación del Cine Arte Normandie entre 1982 y 2001.


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