Orwell, 1984
Cuando George Orwell escribió su novela, en 1948, su pesimismo ante el porvenir de las sociedades era tal, que para situar su argumento en un tenebroso futuro hipotético solo invirtió las dos ultimas cifras de ese año. Así surgió 1984, esa ya mítica novela de anticipación que nos habla de una sociedad totalitaria llevada a su quintaeencia.
La película dirigida por el británico Michael Radford sigue fielmente la trama de Orwell, transmitiendo el clima de soledad moral, confusión, terror y patética rebeldía que envuelve a su protagonista.
La hipotética Oceanía, cuyo eje es, sin duda, la Gran Bretaña de los tiempos de Orwell, se ha consolidado como un estado burocrático, impersonal, rigurosamente reglamentado. El culto al Hermano Grande, el líder, imagen monstruosamente agigantada en las pantallas de televisión, es el centro motor de una sociedad que ha aceptado el principio de la sumisión como ideología básica, como forma de supervivencia.
El protagonista, Smith, es uno más de esos hombres-engranajes que ejercitan el odio colectivo a un enemigo exterior, en una síntesis de ese chauvinismo excluyente, caracterizado por el macartismo y otras formas de oscuros nacionalismos de ciertas sociedades contemporáneas y que en el filme se ha transformado en un rito cotidiano (como podrían serlo los actuales noticiarios televisivos).
Los ciudadanos de Oceanía aceptan también modificar la historia cada vez que el régimen lo exige, borrando de los registros de la memoria colectiva todo aquello que se oponga a los fines inmediatos del sistema. En Oceanía existe un ministerio que controla el pensamiento y otro que reglamenta el amor. El proceso de rebeldía y el surgimiento del amor espontaneo hacia la joven Julia, actúan en Smith como dos formas de un mismo descubrimiento. Su aventura en ambos dominios resulta tan reveladora como ilusoria.
La maquinaria del sistema que nos presenta Orwell es invencible. Ese sistema todo lo controla e incluso la oposición aparece como invento suyo, como una forma de neutralizar y descubrir cualquier posible rebeldía.
En ese ámbito actúa O’Brien, el símbolo de toda la monstruosidad del poder. El ha alentado la rebeldía potencial de Smith para probarlo y poder finalmente, mediante la tortura, reducirlo a la nada intelectual y moral.
La sordidez de ese universo concentracionario es reproducida con rigurosa eficacia por Radford. Sus espacios sombríos y ruinosos, la sensación de inminente peligro, las mazmorras del horror, el sentimiento de indefensión, son producidos con, una inteligente utilización de decorados y espacios reales, ton un mínimo de estilización.
La sólida dirección de actores ha sacado el máximo partido de la esmirriada e insignificante figura de John Hurt, como un hombre promedio, sin nada excepcional, confiriéndole a su Smith todo el patetismo de un destino que se prevé como clausurado. Por su parte, al componer con sobriedad, malignidad y tristeza al diabólico O’Brien, Richard Burton efectuó una brillante despedida de la pantalla.
Si algo puede reprocharse al filme, es su apego excesivo a las circunstancias específicamente literarias provenientes del texto de Orwell, a su timidez en el terreno de la inventiva cinematográfica y a la ausencia de una tentativa de puesta al día respecto de un tema en que la realidad suele superar a la ficción.
José Román
Sobre George Orwell
Nacido como Eric Blair en Motihari, India, en 1903, este escritor británico llegaría a ser considerado un precursor del género llamado «ciencia-ficción», aunque sus novelas se inscriben más bien en la alegoría política y en la especulación futurista.
Después de cursar estudios en la aristocrática Eton, fue oficial de policía en Birmania, experiencia de la que extrajo los materiales para su libro Días birmanos (1934). Recorrió luego Inglaterra y otros países europeos, de donde surgió Mis años de miseria en París y Londres (1933).
Pasó luego a España, donde participó en la guerra civil como miliciano del P.O.U.M., una organización izquierdista. A partir de esta experiencia escribió Homenaje a Cataluña (1938). Estos tres primeros libros se caracterizan por su tono autobiográfico.
Poco a poco la desilusión y el escepticismo político irán apareciendo en su obra. En su ahora célebre Granja de animales, escrita en 1946, asume la tradición satírica de Jonathan Swift para elaborar una aguda parodia de los estados totalitarios. En esta misma tendencia escribe en 1948 la que será su novela más famosa, 1984, descrita como una «utopía negativa», en la que aventura un modelo de estado totalitario situado en un mundo sacudido por guerras permanentes. La hipotética Oceanía, espacio que en la novela corresponde a los resultados de una rearticulación geográfica del mundo, está compuesta por el Reino Unido y América y su hipertrofiada organización burocrática corresponde a una caricaturizada visión de los estados centralizados.
En un estilo directo y despojado, Orwell ha compuesto en esta novela una de las obras literarias más importantes de nuestro tiempo.
Paralelamente a sus escritos de ficción, Orwell desplegó una copiosa actividad como ensayista, especialmente en temas políticos y literarios, los cuales fueron publicados en 1948 con el título Ensayos críticos.
George Orwell falleció en Londres en 1950.
