ISTVAN SZABO
Nacido en Budapest en 1938, estudió en la Academia de Film Art. Se inició como realizador a comienzos de la década del sesenta, en el estudio experimental «Béla Balasz» (llamado así en homenaje al célebre teórico húngaro), dedicado a la producción de cortometrajes y de donde saldrán algunos de los más importantes directores del nuevo cine húngaro.
Su primer largometraje, La edad de las ilusiones, realizado en 1964, trata de un grupo de jóvenes cuya existencia sufre un cambio que da pie a una serie de consideraciones sobre el pasado y el futuro y a una reformulación de sus posiciones en la vida. En estos jóvenes universitarios, enfrentados a su primer trabajo profesional, gravitan fuertemente los acontecimientos de Hungría en 1956, tema que será aludido en gran parte de los filmes de la generación de Szabó.
En su segundo filme, Padre (1967), se refiere a la realidad húngara a través de una especie de simbolismo político-freudiano, que se desprende de la historia de un niño que sueña con un padre ideal -al que no llegó a conocer- y del choque de esta imagen con la realidad.
En Film de amor (1970) retoma a uno de los personajes de La edad de las ilusiones, confiriéndole un marcado tinte autobiográfico. En esta historia que narra la relación de un joven con sus recuerdos y un mundo ilusorio, inventado, no está ajena la mirada sobre los acontecimientos políticos de su país.
Sus películas posteriores, Calle del bombero Nº 25 (1973), Historias de Budapest (1976) y Confidencia (1979), no han sido exhibidas en Chile.
La obra de Szabó, junto a la de lstvan Gáal, su más próximo compañero de generación, ha sido considerada como una de las más interesantes del movimiento surgido en los años sesenta. Ambos , junto a Miklós Jancsó , Márta Mészaros, Ferenc Kosa, Sandor Sara, Judith Elek, se sitúan entre los más importantes realizadores de Hungría.
MEFISTO
Esta película obtuvo el Premio David di Donatello, en Italia; Premio a la Mejor Interpretación en Cannes y el «Oscar» de Hollywood a la Mejor Película Extranjera.
Basándose en la novela homónima de Klaus Mann (1906-1949), hijo mayor de Thomas Mann, Szabó se centra en un personaje inspirado directamente en una figura real: el actor Gustav Gründgens, una de las glorias del teatro alemán y que llegara incluso a protagonizar una versión cinematográfica del Fausto de Goethe, en 1960.
Como inequívocamente lo sugiere el título del filme, el director húngaro explora en la naturaleza de lo demoníaco, pero, lejos de una formulación abstracta, situando a sus personajes en un momento histórico concreto: el de la Alemania nazi.
Hendrik Hofgen, el protagonista, es un actor de provincia, talentoso y bien inspirado, ligado a un teatro de vanguardia y de propósitos democráticos (se le ve al comienzo ensayando una obra de Brecht). El advenimiento del nazismo lo induce a abandonar paulatinamente sus principios, acomodándolos y enmascarándolos en una confusa transacción ideológica y moral.
Emerge aquí, sin duda, una reflexión mayor sobre la presunta neutralidad del arte y la función del artista en una sociedad determinada. Las coartadas esgrimidas por Hofgen para justificar su colaboracionismo van desde la concepción de su oficio de actor como un ejercicio superior del espíritu, por encima de lo contingente por horroroso que sea, hasta el mito de la independencia absoluta y la compartimentalización de los roles sociales.
El conflicto de identidad, asociado frecuentemente a la naturaleza del oficio del actor, adquiere en Höfgen rasgos esquizofrénicos. La pérdida de sí mismo, de sus ideales y afectos, en aras de privilegios que se traducen en mera gratificación narcisista, configura cruelmente un aspecto frecuente en la condición no sólo del artista, sino del hombre situado antes las presiones del poder y los requerimientos de su propio hedonismo.
Este Mefisto, transfigurado en escena mediante los versos de Goethe, dando cuenta de la atormentada «alma faústica», es más bien un blando pelele en manos de la maquinaria nazi. La disociación que implica el pacto de Fausto con Mefistófeles en la obra, se reproduce en el pacto tácito de Höfgen con el nazismo.
Con no poca ironía, Szabó expone los productos del «arte oficial», emanados de la conducción autoritaria: desde la «patriótica» monumentalidad escultórica, hasta las interpretaciones ideologizadas de Hamlet.
La complejidad de recursos expresivos con que el austríaco Klaus Maria Brandauer entrega los rasgos ambiguos, atractivos, odiosos, patéticos de Höfgen, es uno de los sólidos puntales de este filme elegante y barroco. Nada hay de la sórdida caricatura con que el cine suele describir al nazismo. En generales y burócratas se manifiesta la alegría y la seguridad del poder. El proyecto megalomaníaco es encubierto por los oropeles y la grandilocuencia de la empresa nazi y su violencia sólo aparece de manera indirecta o elíptica.
Lo demoníaco se manifiesta de diversas maneras -parece advertir Szabó en su filme-, tanto en acciones deliberadas como en omisiones, errores, estupidez o gestos de pura cobardía. También en el espacio trágico en que se mueve Hendrik Höfgen más allá del escenario, enceguecido por la luz del infierno.
JOSÉ ROMÁN
OPINIONES DE ISTVAN SZABO
«Lo que estamos tratando de presentar es una personalidad individual que intenta adaptarse al rol que repentinamente se le ofrece en una situación histórico -social -política dada. Nuestro filme es la historia de la brillante capacidad de una persona para la autoadaptabilidad. Es la historia de un hombre que considera a ésta su única posibilidad en la vida de hacer que la gente lo acepte. Siempre Intenta asegurarse esa aceptación -protección y aprecio, un sentido de seguridad-, porque simplemente no puede vivir sin ellos, siendo una persona incapaz de dar amor.
…Es un personaje arquetípico, que puede ser usado por cualquier mal régimen o mala comunidad, porque es incapaz, en cualquier tiempo o lugar, de quedarse en el lado oscuro y sufrir reprobación. Probablemente él no cree en sí mismo, su complejo de Inferioridad le hace preocuparse por la Inseguridad; de ahí que sea empujado por un deseo, una voluntad y energía asombrosa a obtener un sentido de seguridad, a gustar y ser aceptado. Del mundo que le rodea, sólo percibe aquello que le concierne. NI siquiera tiene necesidad de libertad, porque ¿de qué utilidad le sería la dudosa seguridad de ser libre, en lugar del sentido de seguridad que le entrega el ser aceptado y tener éxito? Creo que observar la carrera de una persona de tales características en una tensa situación histórica y política tal como fue la del mundo del emergente fascismo, debe ser, sin duda, un ejercicio iluminador para todos nosotros».
