MACARONI
Pocos realizadores italianos de la generación de Scola han logrado mantener con tanta persistencia una temática que se ha hecho consubstancial con su expresión creativa, situándola tanto en el nivel individual como colectivo, conjugando la comedia popular costumbrista con la obra de autor, el humor con el desencanto, la nostalgia con la sátira.
En Macaroni vuelve a aparecer el tema de la amistad y el de los deterioros que el tiempo produce en las personas, el de la nostalgia de una época que pudo haber sido heroica y la desilusión de un presente clausurado. Eran los temas que recorrían Nos habíamos amado tanto, La terraza, La familia y se insinúan en La noche de Varennes.
Lo que diferencia a Macaroni de esos filmes es que aquí predomina la dimensión individual por sobre la social y ese espacio político, reflexivo, autocrítico que aparecía como determinante en su obra, aquí es excluido por el énfasis en lo psicológico y por un sentimentalismo que no consigue ser neutralizado por el humor.
Tampoco el filme explora en los mecanismos narrativos, como ocurría en La terraza, El baile y la familia, sino que se desenvuelve a través de una narrativa tradicional, apoyada en el histrionismo de sus actores protagónicos. De hecho, la progresión del filme se construye a partir del contraste entre estos personajes, en su gradual reencuentro y reconstrucción de una amistad del pasado.
En Robert, vice-presidente de una empresa aeronáutica que llega a Nápoles por asuntos de negocios, podemos encontrar, un tanto estereotipados, los tics del ejecutivo norteamericano exitoso: fracaso familiar, agotamiento, mal humor, adición a los fármacos y desprecio por el prójimo, especialmente si éste es latino. Es lo que esos cuarenta años transcurridos han hecho del joven oficial que hiciera la guerra en el ejército aliado, en ese mismo Nápoles.
Antonio, por su parte, es un napolitano estancado en un empleo mediocre, escritor aficionado de melodramas sentimentales, que no ha olvidado su vieja amistad con el oficial norteamericano, ni el idilio de éste con su hermana María, en los difíciles años de la guerra. El ha transformad o a Robert en un ser mítico, escribiendo a su hermana cartas apócrifas y manteniendo viva en la ficción una realidad que para Robert murió hace mucho.
Toda la primera parte del filme nos relata los vanos intentos de Robert por deshacerse de ese mísero e importuno napolitano al que apenas recuerda y la porfiada insistencia de Antonio por hacer rememorar a Robert el pasado común. En esta parte, con su hábil construcción de caracteres y los mecanismos de la comedia de enredos, Scola logra los mejores momentos humorísticos, aprovechando al máximo el histrionismo de sus dos actores. Luego, en la medida en que se consolida la amistad de los personajes, va derivando hacia la elaboración de cuadros costumbristas, no exentos de nostalgia por una cultura popular en vías de desaparecer. La fiesta familiar y el reencuentro de Antonio y María tienen ese patetismo apenas atenuado por el humor que suele caracterizar las mejores escenas del realizador italiano.
Más tarde, cuando entran en juego las lealtades medidas en términos de riesgo, de sacrificio, de vida o muerte, el filme deriva hacia un cierto sentimentalismo discursivo, recurriendo a no pocas convenciones de la comedia sentimental. Pero también son los momentos en que los actor es dan lo mejor de sí y permiten al realizador hacer convincentes y conmovedoras situaciones algo calculadas y efectistas, como ocurre también con la «redención» de Robert al contacto con un mundo amable e ingenuo y su transformación final en el héroe que de él había hecho Antonio en sus fábulas. Obra menor, sin duda, en la filmografía de Scola, Macaroni preserva, no obstante, la observación aguda de ambientes y personajes y una humorística y patética visión del hombre y sus sueños perdidos.
JOSÉ ROMÁN
