LOS PARAGUAS DE CHERBURGO
JACQUES DEMY (1931-1990)
Nacido en Pont-Chateu, estudió Bellas Artes en París y pronto se vinculó al cine como ayudante de los directores Grimault y Rouquier. En 1956 realizó su primer filme: el corto Le sabotier du val du Loire, que ya revelaba un incipiente talento. Durante los años siguientes filmó otros cuatro cortos y en 1960 su primer largometraje: Lola, una obra notable con la que se integró al movimiento de jóvenes realizadores franceses conocido como la “nueva ola” que renovó profundamente el cine de su país.
La obra de Demy posee un marcado sello personal. En ella se configura un universo autónomo, dominado por lo que podría llamarse un “irrealismo poético”. Este universo, ya contenido en Lola, se despliega en sus filmes posteriores: Fiebre (Labaje des anges, 1962) sobre la historia de una pareja poseída por la pasión del juego; “Los paraguas de Cherburgo” que supone su consagración como director al ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1964; Las señoritas de Rochefort (1966), comedia musical que además de ser válida expresión del mundo de Demy constituye un homenaje a los clásicos del género (Stanley Donen, Gene Kelly, Vincente Minelli) que han influido de modo importante en el estilo del realizador galo.
En 1968 filma en Estados Unidos Se alquila una modelo (The Model Shop) en el que retoma el personaje de Lola de su primer largo (así como en Los paraguas de Cherburgo reaparecía el Roland Cassard de Lola encarnado por el mismo actor). Después realizó dos adaptaciones de cuentos infantiles: Piel de asno y El flautista de Hamelin; Un hombre en estado interesante (1973), comedia fantástica algo menor; Una chambre en ville (1982), Parking (1985) y Trois places pour le 26, su última obra, en 1988.
LOS PARAGUAS DE CHERBURGO
Esta película representa la sublimación del sentido lírico que caracteriza el arte de Demy. El estilo refinado de este director lo sitúa como un continuador de cierta tradición representada por autores como Josef von Stemberg, George Cukor, Max Ophuls o Vincente Minelli. La vigencia de su estilo se confirma en la intacta vitalidad, frescura y poesía que emana de las imágenes y la música de este filme.
Los paraguas de Cherburgo es una cinta íntegramente cantada y no realmente una comedia musical, género que se caracteriza por la alternancia del canto, la danza y el diálogo. La dificultad de hacer verosímil un tratamiento semejante, en el que hasta los parlamentos más banales son cantados por los personajes, exigía no sólo una perfecta integración entre las imágenes y la música compuesta por Michel Legrand, sino una estilización integral de los elementos de la puesta en escena: decorados, color, vestuario, movimientos de la cámara.
A semejanza de las obras de sus maestros el arte de Demy no se construye de espaldas a la realidad ni tiene, como alguna vez se pretendió, un carácter superficial o vacío. “Los paraguas de Cherburgo” es la historia de un amor frustrado por las limitaciones materiales y la guerra de Argelia. Como en las obras de Minelli, dos niveles de significación coexisten en esta película: el de los sueños de los personajes quienes aspiran a vivir en un mundo idealizado, encantado, y el de la presencia ominosa de una realidad que destruye esos sueños. De la oscilación entre ambos niveles surge el sentimiento característico del cine de Demy, que un crítico comparaba con el que produce la música de Mozart: la sensación de una “felicidad triste”, de una belleza nostálgica que discurre sobre un fondo de amargura.
Los motivos centrales de la obra de Demy (los encuentros y desencuentros del amor, la relación entre la realidad y la ilusión) trascienden también a un nivel abstracto, a una poética en la que recurren constantemente los temas del destino, la muerte, el azar, la dificultad de amar, la fugacidad del tiempo. Pocas veces esta temática ha sido tratada con la intensidad que Demy le confiere en este filme. Maestro de la narración, el realizador construye un relato que fluye sin tropiezos, involucrando en la estructura misma de la película esa sensación de tiempo que transcurre, de constante devenir. La belleza de la escena de la partida de Guy hacia Argelia ilustra bien la calidad narrativa y el lirismo que suele lograr este director, uno de los más originales creadores de la “nueva ola” francesa y cuya obra ha sido conocida sólo parcialmente en nuestro país.
SERGIO SALINAS R.
