Los hijos de la Guerra Fría

GONZALO JUSTINIANO

Nacido en Santiago, hace treinta años, Gonzalo Justiniano vivió en París entre 1976 y 1983. Allí estudió cine en l’Ecole Lumiere, especializándose en dirección y fotografía. Trabajó en reportajes y videos en la televisión francesa. De regreso en Chile, se desempeñó como corresponsal extranjero. En 1984 estrena Los Guerreros Pacifistas, un reportaje filmado a la comunidad «punk» santiaguina. Con distanciamiento e ironía se aproxima a esa insólita muestra de trasplante cultural mediante entrevistas y filmaciones de sus bailes y fiestas, sin imponer una visión apriorística de ese singular medio.

En 1985, en coproducción con una empresa francesa y con la ayuda del Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país, realiza Hijos de la Guerra Fría, rodada enteramente en nuestro país y con la intervención exclusivamente de técnicos y actores chilenos. Con este filme, obtuvo el Premio a la «Opera Prima» en el Festival de Biarritz de 1985 y fue seleccionado para el Festival de Huelva de ese mismo año.

 

HIJOS DE LA GUERRA FRIA

Un nuevo largometraje chileno es siempre un acontecimiento que precisa ser encarado con atención. Dadas la inexistencia de una industria, de una continuidad de producción, de un público numéricamente suficiente que garantice la recuperación de la inversión, se tratará siempre de una aventura riesgosa que pone en juego diversas variables: la confianza de quienes aportan sus capitales, la posibilidad de que el realizador pueda reincidir en su experiencia creativa, el reconocimiento por parte del público de la existencia de un cine nacional digno. Hijos de la Guerra Fría reúne varios de los rasgos que han caracterizado al cine chileno de los últimos años; es el primer largometraje de un joven realizador, fue hecho en precarias condiciones económicas y llegó a imponerse, contra viento y marea, como un producto técnicamente bien logrado y como un serio empeño de bucear en nuestra identidad.

El filme narra la historia de Gaspar y Rebeca, dos opacos chilenos de la clase media que viven un encuentro amoroso dominado por la banalidad, los lugares comunes, las mutuas reservas y prejuicios, pero también por una cierta ternura y una cómica ingenuidad. Encandilado por un ilusorio ascenso económico y social, derivado de los años del pretendido boom económico chileno, Gaspar se casa con Rebeca, dispuesto a conquistar un mundo que parece ofrecerse a todas sus expectativas.

Sin embargo, no tarda en estrellarse contra la realidad, una realidad tan típica como la representada por los espejismos del proyecto económico nacional: la empresa en que trabaja es sólo una gran estafa en la que se ve envuelto a su pesar. Su futuro -otra constatación documental de nuestra realidad- queda marcado por la cesantía y la búsqueda infructuosa de un nuevo empleo.

Hasta este momento del filme, en el relato predomina la constatación documental y la aproximación a una cierta antropología cultural, cercanos en sus rasgos más externos a las de Tres tristes tigres (1968), de Raúl Ruíz. Pero en la medida en que la búsqueda de Gaspar, el protagonista de Hijos de la Guerra Fría, va perdiendo poco a poco sus objetivos concretos y transformándose en la errática persecución de un utópico destino, el filme va adquiriendo ribetes azarosos, menos preciso en sus objetivos.

En su relato, el director y guionista Gonzalo Justiniano no asume un tono realista que se pretenda ejemplarizador o estrictamente testimonial. Su tratamiento acude a la ironía, el comentario distanciador, los sucesos oníricos y las paradojas propias del humor del absurdo. El amor de Gaspar y Rebeca es una relación de telenovela, con su sentimentalismo barato, diálogos afectados y peripecias vulgares. El súbito ascenso de Gaspar es tan propio del folletín, como falsas son sus expectativas. Aquí, en este Chile de hoy, la vida no imita el arte, sino a los melodramas más triviales. La acción transcurre en ambientes realistas, reconocibles en nuestro entorno urbano de restaurantes populares, mezquinas oficinas, sórdidas casas de pensión.

Pero las circunstancias folletinescas van derivando hacia un espacio onírico, enrarecido, simbólico, como en la escena en que Gaspar invita a Rebeca al teatro. (El teatro se llama “Chile” y se encuentra cerrado hace tiempo. En su interior encuentran sólo fantasmagóricas figuras inmovilizadas).

Después del estallido de rebeldía de Gaspar, en la oficina del burócrata de la oficina de empleos, la línea de acción se concentra en el absurdo peregrinaje de Gaspar y sus amigos, traducido en sucesivas frustraciones y desencuentros. El paisaje se va haciendo cada vez más desolado y el personaje se ve empujado hacia una especie de tierra de nadie. Este itinerario de Gaspar se alterna con el recuerdo de su boda con Rebeca, grabado en video y reproducido por el realizador con las rayas e imperfecciones técnicas de ese medio, como un segundo nivel de lectura del relato, expuesto como un documento crudo de los acontecimientos en que se origina su crisis (es allí donde entera brutalmente del gran engaño de que ha sido víctima).

El relato de Justiniano se apoya en una acertada ambientación y en el trabajo de una pareja protagónica que logra transmitir el patetismo en tono menor de sus personajes. Probablemente sus principales logros estén en su aproximación cruel y a la vez compasiva a seres de nuestra realidad, situados en un contexto reconocible y enfrentados a situaciones que nos resultan familiares, así como en su tratamiento humorístico y patético que recoge una cierta tradición en el cine chileno de los últimos años.

JOSE ROMAN

 

PALABRAS DE GONZALO JUSTINIANO

“Al chileno le falta mirarse al espejo. La imagen que se les entrega de ellos mismos es muy trabajada, como “limada”. Yo, en cambio, en forma un tanto irreverente, he puesto en mi película elementos que pueden ser desde grotescos, hasta tiernos, arriesgándome incluso, con esta mezcla, a equivocarme. Es como tratar de tener una primera mirada sobre nosotros mismos.

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Mi idea y un poco la idea del título de la película, alude a lo que pasó en Chile. Se trata de una clase media que ha vivido miles de situaciones y sólo cuando hay una crisis económica empieza a sospechar de que hay que hacer algo. Cuando se destruyó todo el proyecto que le vendieron, quedó totalmente a la deriva

——

Pienso que el cine chileno debe ser popular. La película toma ciertos elementos que están presentes en nuestra personalidad y en nuestra sociedad. A la gente le gusta eso, porque acá la gente no se ha visto, no se conoce. Pero yo me jugué por contar una historia que en cierto momento cambia. Es como una fotonovela que se rompe de repente y en la que entran otros elementos que alteran el estilo narrativo propio de una fotonovela.”

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