Las aventuras del Barón de Münchausen
Las hazañas del auténtico barón Federico Jerónimo de Münchausen, (1720 -1797), fueron descritas con singular encanto por el erudito alemán Erich Rudolph Raspe en su obra El barón de Münchausen: narrativa de sus maravillosos viajes y campañas en Rusia”, editada en Inglaterra en 1795. Desde entonces se multiplicaron las peripecias del mentiroso barón, en obras como la célebre novela de Gottfried Bürger y en adaptaciones que se han transformado en clásicos de la literatura infantil.
El personaje fue adoptado por el cine prácticamente desde sus comienzos como lenguaje narrativo, en la versión de 1908 del pionero de la animación Emil Cohl, seguida, en 1911, por Las alucinaciones del Barón de Münchausen de ese fundador del cine fantástico que fue Georges Méliés. Después de una versión italiana de 1920, el alemán Joseph von Baky realiza en 1943, según un guión de Erich Kastner, una imaginativa y lograda creación de las fantásticas aventuras de un personaje que ha sido considerado precursor del género de «ciencia-ficción». Un gran realizador del cine de animación, el checoeslovaco Karel Zeman, en su versión de 1961, combina magistralmente personajes reales con dibujos animados y grabados de época.
El desafío planteado al director Terry Gilliam por estos ilustres precedentes no hizo sino activar en él la voluntad de rendir un costoso y espectacular homenaje a un personaje que ha simbolizado el libre juego de lo imaginario y la capacidad de soñar en un mundo que suele estrecharse en un racionalismo utilitario y trivial.
Gilliam, un cineasta nacido en Minneapolis, pero que hizo de Inglaterra su patria de adopción artística («porque la mayoría de la gente en Hollywood está allí por el dinero y el poder»), se hizo célebre en el grupo Monty Python, que se ha caracterizado por sus obras de un humor que explora en el absurdo y la crueldad de las deficiencias sociales. De ellas, en Chile sólo hemos conocido Brazil y la participación de algunos de sus miembros en Los enredos de Wanda.
La forma en que Gilliam se sumerge en el universo maravilloso que le propone su historia, es similar a la utilizada en Brazil, estableciendo diferentes niveles entre lo real y lo imaginario, para concluir relativizando ambos niveles en una serie de espejos deformantes.
Es así como asistimos primero a la precaria representación en un teatro de las legendarias hazañas del Barón, interrumpida por la indignada aparición del barón «auténtico”, quien rompe el hechizo de los ingenuos mecanismos de ficción, los que de algún modo evocaban la gracia “naive” de un Méliés. Cuando este nuevo personaje, cuya autenticidad no merece dudas, empieza a narrar sus “reales” aventuras, un nuevo nivel de relato se superpone a los anteriores, pero esta vez la dimensión “realista”, con sus datos históricos, sociológicos y ambientales es sustituida por un universo fantástico en el que dicha realidad es subvertida por hechos maravillosos que transgreden la lógica y las leyes de la física.
Pese a los recortes impuestos por los productores al guión original y en el que Gilliam pretendía recrear algunas de las más sabrosas peripecias protagonizadas por el personaje, se conservan episodios que son escenificados en una brillante convergencia de humor e imaginería visual. Están, por ejemplo, la insólita persecución de la bala de cañón y el viaje a la Luna, con sus delirantes personajes, a los que Gilliam no se resiste de caricaturizar en el mejor estilo Monty Python: alusiones a los transes de la sexualidad y un diálogo de doble sentido o con juegos de palabras a lo Lewis Carroll, maestro inspirador del realizador y su grupo.
Tampoco pierde Gilliam la oportunidad de destacar la insensatez de la guerra, la estupidez y mezquindad de estrategas y autoridades y los vanos afanes de conquistas y apropiaciones. Pero su discurso se proyecta, además, hacia la imaginación y el ensueño como fuerzas capaces de derrotar instancias tan irreversibles como la muerte y, por ende, la potencia del arte como sustancia redentora y generadora de realidad, más allá de la precariedad de la existencia.
En su manejo de la luz y el color, tanto el director de fotografía Giuseppe Rotunno como el escenógrafo Dante Ferretti, efectúan su propio periplo por los dominios de los maestros italianos de la pintura.
JOSÉ ROMÁN
