La trilogía de la vida de Pasolini

La trilogía de la vida

 

Filmadas entre 1971 y 1973, las tres películas de Pasolini que configuran la trilogía de la vida comparten por lo menos dos rasgos fundamentales: su inspiración en clásicos de la literatura universal y la exaltación de la vida, recogida a través de sus datos más próximos y tangibles (la naturaleza, el cuerpo, el color, la juventud, una cierta barbarie). Un estudioso de la obra del realizador describe la trilogía como «una escapada consciente que hace Pasolini, por entonces ya muy atormentado, a un mundo que no es el nuestro, pero en donde habla una visión cultural del mundo, y donde el sentido de lo popular no estaba ni remotamente tergiversado ni destruido por la civilización burguesa».

 

La lectura de Boccaccio conduce a Pasolini a las postrimerías de la instancia medieval de la cultura latina; los cuentos de Geoffrey Chaucer (1338- 1400) le permiten una experiencia semejante dentro del marco cultural sajón. Las mil y una noches, finalmente, lo llevan a las antiguas culturas del Oriente próximo, a las cuales él infunde en sus imágenes un inconfundible sesgo tercermundista.

 

Tanto el punto de partida y la intención como el estilo de los filmes es similar. Es probable, sin embargo, que las claves humorísticas sean más determinantes en los dos primeros que en el último. De alguna manera, Las mil y una noches habla de una depuración expresiva, que no es sólo producto de la fascinación ante el mundo arcaico oriental sino también de una estructura narrativa concéntrica, que va extrayendo un relato de otro hasta sumergir al espectador en un clima, próximo a la alucinación. Desde ese punto de vista es una cinta más intensa, más bella y quizás más lograda.

 

MARCO DE IDEAS

 

El planteamiento desarrollado por Passolini en su trilogía de la vida, así como la trayectoria del realizador en la escena cultural italiana, es difícil de entender sin una referencia clara a su crítica lapidaria, rotunda y definitiva, al sistema de vida existente en las sociedades desarrolladas. Passiloni las caracterizaba como sociedades consumistas y las definía como una espesa red de prostituciones que todo lo corrompe. A su juicio, el desarrollo, en estas sociedades, además de incrementar los volúmenes de producción y elevar los estándares de vida, ha terminado socavando el poder de la palabra, a través de los medios de comunicación; ha uniformado, a través de la educación básica, las aspiraciones y los gustos, arrollando los viejos valores espirituales del campesinado y de los trabajadores, a fuerza de un materialismo vulgar; ha profanado el mundo de lo sagrado, la pureza de las antiguas culturas y de los dialectos; ha mancillado el paisaje natural; ha bloqueado las formas de pensar y ha hecho del consumo un rito y de la mercancía, en fin, un fetiche.

 

En el que quizás sea su postulado más controvertido, Pasolini sostuvo que el consumismo convertía a todos los miembros del cuerpo social – proletariado y campesinos incluidos- en «meros pequeñoburgueses», en granujas refugiados en el valor de las cosas materiales, dueños de un ilusorio margen de libertad, satisfechos de vivir en un mundo más tolerante y permisivo que el de sus abuelos, pero infinitamente más utilitario e innoble.

 

Frente al poder aplastante del consumismo, Pasolini reivindica -en la trilogía de la vida y en varias otras películas- el valor del mito, de lo sacro y de la barbarie. «La palabra barbarie -lo confieso- es una de las que más amo en el mundo». A la sociedad postindustrial y burguesa, dentro de su perspectiva, hay que negarla precisamente allí donde se levantan sus hipotéticas victorias, repudiando sus modelos de producción, descalificando a la llamada cultura de masas, combatiendo el pragmatismo empobrecedor de la colectividad y, en fin, violentando los códigos morales y políticos de corte liberal.

 

Sólo a partir de estas ideas puede explicarse la fascinación de Pasolini ante el mundo antiguo, ante las conductas antisociales del mundo suburbano, ante las transgresiones de las normas morales en uso y los esfuerzos por demoler los conformismos en boga: «Yo siempre me he conducido de la peor forma posible, es decir como yo quería. Hay que añadir que cada uno de nosotros vive en un campo de concentración en miniatura, donde los instrumentos de tortura cotidiana son nuestros propios fastidios».

 

VIAJE A LA DESESPERACIÓN

 

Pensando como pensaba, no es difícil imaginar el proceso que, hacia el final de su vida, condujo al realizador al más sombrío pesimismo. Varias de sus certidumbres políticas se fueron debilitando. Le fueron pareciendo cada vez menores las posibilidades de un cambio social. Llegó a pensar que la palabra en Occidente se había pervertido en forma tan irrecuperable que ya no existía margen alguno para una poesía y una literatura culturalmente válidas. Y que resultaba francamente imposible evitar que las realizaciones artísticas relevantes se transformasen en productos de consumo. Por más que él no lo quisiera, terminó creyendo que ése, fatalmente, sería el destino de sus obras. Obviamente se fue quedando solo, desconfiando de todo y de todos.

 

Su desesperación llegó al límite más extremo cuando, poco después de estrenada Las mil y una noches, decide abjurar de la trilogía de la vida. A su juicio la trilogía fue transformada también en mercancía de cambio. En 1974 ya no creía que el proletariado romano fuese un estrato social inmune al consumismo. Los jóvenes y muchachos de esa extracción -descendientes poéticos de aquellos personajes que él había presentado en sus cintas- eran ahora, para él. pura inmundicia humana: «…imbéciles constreñidos a ser adorables, escuálidos criminales constreñidos a ser simpáticos, viles ineptos constreñidos a ser santamente inocentes… »

 

Sobrellevando el dolor de estas decepciones, sintiéndose fracasado y más desorientado que nunca, a fines de 1974 Pasolini comenzó a preparar la que sería su última película, Saló o los 120 días de Sodoma (1975), que desde un comienzo quiso ser una obra repulsiva y aberrante. Una película que el público no pudiera consumir sin una gran dosis de sufrimiento y horror.

 

HECTOR SOTO

 

«Amo la vida ferozmente, tan desesperadamente que no me puede ir bien: me refiero a los datos físicos de la vida, al sol, a la hierba, a la juventud. Es un vicio mucho más tremendo que la cocaína; no me cuesta nada y la hay en abundancia ilimitada. Yo devoro y devoro… Cómo terminará, no lo sé… »

P.P. PASOLINI

 

ACERCA DEL REALIZADOR

Pier Paolo Pasolini nació el 5 de marzo de 1922 y fue asesinado cerca de la medianoche del día de Todos los Santos de 1975. Durante su infancia cambió varias veces de domicilio -su padre era un oficial de carrera- pero fue en Bolonia donde permaneció por periodos más largos. Antes de acercarse al cine como libretista, en 1954, Pasolini, profesor de literatura, era ya conocido como poeta, como ensayista y como un novelista prometedor. Hasta su muerte, no abandonó ninguno de estos frentes. Cuando en 1961 dirigió su primer largometraje, había sido colaborador de realizadores de la envergadura de Fellini, Bolognini, Vancini y Bertolucci. Entre sus películas más renombradas destacan El evangelio según Mateo (1964), Edipo Rey (1967), Teorema (1968) y Medea (1969), aparte de las que constituyen su trilogía de la vida.

CRÍTICAS

Archivos Normandie es un archivo patrimonial digital que pone en valor la crítica cinematográfica y la programación del Cine Arte Normandie entre 1982 y 2001.


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