SERGIO RENÁN
Director y actor argentino, nacido en 1932. Desde los cinco años de edad estudió violín, llegando a ser ejecutante profesional. A los quince años un grupo teatral le solicitó asesoría en la parte musical; de esta manera empezó a interesarse por el teatro. Interpretó diversos papeles menores y sólo alrededor de los treinta años definió su vocación por el arte escénico. Ha tenido destacada trayectoria como actor de teatro y de cine. En estas actividades se interesó luego por las labores de dirección. Empezó como director de televisión conduciendo un ciclo de teleteatro que duró más de tres años y en el cual se adaptaron obras como Madame Bovary y Rojo y negro, además de La tregua, por cuya versión televisiva obtuvo varios galardones. Como director de teatro puso en escena obras de Vitrac, lbsen y Pinter, ganando durante dos años el premio de la crítica al mejor director teatral.
Toda esta actividad, desarrollada durante los años sesenta, preparó su inicio en el campo de la dirección cinematográfica. La tregua fue su primer largometraje y obtuvo durante su estreno inesperado éxito en el medio argentino y amplía repercusión en el exterior, al punto de convertirse en la primera película latinoamericana candidata al “Oscar” al mejor filme extranjero. Posteriormente realizó Crecer de golpe (1977) basado en la novela “Alrededor de la Jaula” del escritor trasandino Haroldo Conti. En esta película reitera su preferencia por un cine emotivo, con personajes comunes. Tanto ésta, como Sentimental, realizada en 1981, no han sido exhibidas en nuestro país.
LA TREGUA
Aunque el director Sergio Renán declaraba haber tomado sólo como base la novela de Mario Benedetti para realizar un filme personal, no es difícil encontrar en esta delicada película, las resonancias melancólicas de la obra del escritor uruguayo.
El que la acción sea trasladada de Montevideo a Buenos Aires no altera en nada esa visión de la vida urbana, la asfixia burocrática, la mediocridad vital, el oscuro anhelo de una vida más plena. Aunque estructurada como una narración lineal, a diferencia de la novela, la película permite sentir el tono de diario íntimo de aquella, su ritmo acompasado, púdico, la emoción contenida. El filme discurre en tres ámbitos fundamentales: el hogar de Martín con tres hijos ya crecidos y conflictivos con los que comparte su soledad de viudo; la oficina en la que ejerce su pequeña jefatura y cultiva una camaradería hecha de bromas y frustración compartidas; y las calles y cafés en los que experimenta un renacer afectivo con Laura, la joven empleada de su sección. Estos tres mundos son retratados con gran poder de convicción por Renán y cada uno de ellos nos entrega tres facetas distintas de Martín. El hogar es un microcosmos incompleto, sin la presencia materna y refleja una dimensión de la frustración del personaje: los incomprendidos anhelos de libertad de su hija; el escepticismo de su hijo mayor, aterrado ante la perspectiva de llegar a ser una réplica de su padre; la angustia y la soledad de su hijo menor, con sus tendencias homosexuales. Ante ellos, Martín siente su vida malgastada y sin sentido.
La oficina, por su parte, es la rutina: una galería de seres frustrados que sólo anhelan ganar esa especie de «polla gol» local para salir de su condición, una existencia que transcurre entre trabajo alienado y bromas crueles. Para Martín sólo existe la perspectiva de una jubilación temprana.
El encuentro de Martín con Laura es esa «tregua» que ha anhelado secretamente y en la progresión de esa relación que llega al amor, Renán evidencia sus mejores dotes de narrador.
Los lugares adquieren en el filme una importancia fundamental: las calles, el café, la habitación que la pareja apenas llega a compartir, poseen la melancolía y la desolación del desierto urbano que los enclaustra. La música de Julián Plaza recuerda vivamente la de Astor Piazzola y sus variaciones sobre el tema de la ciudad.
Con un mínimo de elementos, elaborando y tejiendo con finura los momentos esenciales de esa relación de un hombre crepuscular y una muchacha, Renán escudriña con pudor en el mundo de los sentimientos, de las situaciones aparentemente banales con diálogos concisos y elementales pausas y miradas profundamente reveladores.
Hay dos momentos en el filme que son significativos de las aptitudes de Renán para consolidar zonas de interés dramático. Uno es la declaración de amor de Martín, en el cual toda la fuerza del acontecimiento está registrada por un conjunto de encuadres quietos, largos, exploratorios de dos intimidades que, elementales y todo, rutinarias escasas de mayor grandeza, asaltan al espectador por su pureza. EI otro, es, la conversación entre Martín y la madre de Laura, al final del relato, concebido en igual forma. Sin grandilocuencia, Renán consigue aquello que sólo los cineastas más inspirados logran: que cada plano sea una chispa de verdad. No hay rebuscamientos estilísticos, recursos torcidos, procedimientos ilícitos, solamente imagen y palabra. Y eso es el cine, a fin de cuentas.
La película tiene una unidad compacta. Renán no permite que la crepuscular fotografía de Juan Carlos Desanzo o la música de Julián Plaza desborden su plan central. Ambos elementos están muy bien utilizados y sostienen una acción centrada básicamente en la intimidad de sus personajes. En las actuaciones, la película encuentra un excelente respaldo. Héctor Alterio, como Martín, encorvado, de movimientos lentos, algo patético, su rostro es un prodigio de versatilidad. Ana María Picchio (Laura), a quien recordáramos de Breve Cielo, la película de David José Kohon, logra transmitir una emotividad tenue y pudorosa. El resto del reparto, apoyado en figuras de alta jerarquía escénica (Lautaro Murúa, Marilina Ross, Walter Vidarte, Norma Aleandro), a veces desempeñando breves roles, consigue una coherencia y una homogeneidad determinantes en la sensación de veracidad que transmite el filme.
Como lo señalara la crítica: «Renán supera cualquier posible lastre melodramático para entregar, con acierto, el retrato de las vidas oscuras de personajes pertenecientes a la clase media urbana (que puede ser de cualquier país de Latinoamérica). El realizador argentino construye un fino y emotivo relato fílmico que constituye una de las obras más valiosas de la cinematografía trasandina de los últimos años».
Opinión de Sergio Renán
«El filme está proyectado en varios planos. Por un lado traté de retratar, a través de un anti-héroe, a la gente que vive en la rutina, en la falta de belleza y de magia. En perspectiva, planteé los destinos de quienes creen vivir y que, en realidad, sin saberlo, no viven, y cuando descubren que esto es así, ya es demasiado tarde. Fundamentalmente lo que traté de expresar es que cada uno debe tomar conciencia de que la vida es una sola y que es preciso aprovechar nuestro tiempo existencial».
