La terraza
Si podemos reconocer en Ettore Scola a un genuino autor cinematográfico, identificando los temas que recorren su obra: la pérdida de las ilusiones, el ajuste de cuentas con el pasado, la amistad, los desencuentros y reencuentros del amor, el compromiso y el acomodo, las coartadas psicológicas ante los requerimientos éticos, etc., con no menos frecuencia encontramos en él a un explorador del relato, de nuevas formas de narrar en términos cinematográficos. En pocos años ha recorrido de ida y vuelta las posibilidades de articular el tiempo, las elipsis, los racconti, las alternancias de varias historias.
En este sentido, La terraza es un modelo de construcción narrativa (su guión obtuvo el premio de Cannes, el premio «Rizzoli» en lschia y el «Nastro d’ Argento»), articulado en episodios que convergen en un centro. Este centro es la fiesta celebrada en la terraza que da el título al filme y que reúne a un grupo de amigos y afines, pertenecientes al mundo del cine y de la cultura de filiación progresista.
Allí están Amadeo, el productor; Enrico, el guionista; Tizzio, el crítico; Galeazzo, el viejo actor; Luigi, el periodista; Mario, el diputado comunista; Sergio, el funcionario de la R.A.I.; más las mujeres que los acompañan: Carla, mujer de Luigi; Emanuela, de Enrico; Giovanna, amante de Mario; Enza, de Amadeo. Cada uno de ellos ha llevado a ese encuentro sus conflictos, temores y frustraciones, disimulándolos o exponiéndolos en el espacio catártico de la amistad, haciendo de ese lugar de convergencia un centro dramático en el que los conflictos alcanzan su clímax. De hecho, la fiesta puede ser una o varias, constituyéndose en un lugar casi simbólico, de situaciones recurrentes, observadas desde diversas perspectivas, correspondientes a las distintas miradas de sus personajes. Cada episodio, narrado como un flash-back, hace retornar el relato a un momento de la fiesta que ya hemos visto, pero desde un ángulo distinto y centrándose en otros personajes.
De los apremios de Amadeo a Enrico, nos aproximamos a éste en sus tribulaciones de guionistas cuya creatividad se ha agotado, desilusionado por la presión de las exigencias comerciales, que lo llevan a pulsiones autodestructivas. Luego seguimos la trayectoria del propio Amadeo, cuyo sitial de próspero productor tambalea por la conciencia de su envejecimiento ante su joven amante y la intuición de ser utilizado por su activa mujer.
Luigi, por su parte, ha perdido su antiguo prestigio de periodista e intenta rehacer su no menos agotada relación con Carla, su esposa, transformada en una exitosa reportera de televisión.
Mario, el severo diputado comunista, cede ante la juventud y belleza de Giovanna, pero es incapaz de ir más allá de los encuentros clandestinos y asumir plenamente la relación amorosa, por temor a poner en peligro su figuración en el establishment político-social.
Tizzio, el crítico, vehemente defensor de posiciones vanguardistas en lo político y moral, termina por revelarse como un burgués puritano en su vida familiar.
Lamentablemente, el personaje de Sergio, el funcionario de la R.A.I., que en la versión original del filme aparece como uno de los más interesantes y complejos, creando una poética interacción entre realidad y representación, fue suprimido casi enteramente en la copia distribuida en Latinoamérica, la que fue acortada casi en una hora.
Como ocurría en Nos habíamos amado tanto, en la mirada de Scola sobre estos personajes que han hipoteca do sus ilusiones, postergado sus objetivos vita les o lisa y llanamente traicionado sus ideales, hay una decidida postura autocrítica, la que se extiende desde lo individual hasta el contexto social y político italianos. Destellos de lucidez, amargura, frustración, humor negro, recorren los diálogos entre estos personajes que no son sino proyecciones algo caricaturizadas de los propios artistas que hacen el filme. Uno de sus guionistas, Furio Scarpelli, advertía que al escribir una historia como la de La terraza. sus creadores esperaban encontrar allí algo de ellos mismos. «Entonces, enrojeciendo, hacemos otro descubrimiento: el que como todos y quizás más que todos, podemos ser un tema de ironía».
JOSÉ ROMÁN
