La sociedad de los poetas muertos

AUTOR: José Román
PELICULA: La sociedad de los poetas muertos
TÍTULO ORIGINAL: Dead Poets Society
AÑO ESTRENO: 1989
DIRECTOR: Peter Weir

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La sociedad de los poetas muertos

 

Desde las primeras imágenes que nos introducen en los rituales de la Academia Welton, una aristocrática institución educacional aislada en las montañas de Vermont, percibimos esa diferencia que enmarca a ese mundo exclusivo, tan distante de la Norteamérica de los suburbios o de la estridente clase media que nos muestra habitualmente el cine.

 

Rara vez el cine norteamericano ha incursionado en la elite de su país y mucho menos con las proyecciones que confiere a su historia esta película de Peter Weir. Esto resulta especialmente interesante, por cuanto el filme está referido a la juventud, a los muchachos que constituyen la clase dirigente de una sociedad mucho menos fluida y móvil de lo que se suele publicitar.

 

Los estudiantes de Welton, en cuanto están destinados a dirigir su país, serán quienes marcarán las pautas ideológicas y culturales que terminarán definiendo la sociedad en que habitan. Es lo primero que les advierte el profesor Keating a los muchachos que van a recibir sus enseñanzas de literatura.

 

Cuando este maestro empieza por rechazar los métodos tradicionales y anquilosados de aproximarse al saber, está cuestionando de hecho no sólo un método de análisis de la poesía, sino la actitud vital, psicológica y espiritual que ha caracterizado el aprendizaje dirigido del hombre de la civilización industrial.

 

De este modo, el conflicto del profesor Keating con el autoritarismo de Mr. Nolan, el director del colegio, nace de una contradicción que más allá de un método de enseñanza, implica, en el fondo, dos concepciones diferentes de la existencia, una de ellas, la dominante, alienada y enferma, más preocupada de sostener el statu quo cultural; y la otra, apoyada por Keating, preocupada de despertar en los educandos la inteligencia, la sensibilidad y la creatividad.

 

Otro dato, aparentemente menos importante, es la época en que se desarrolla la acción: el año 1959, fin de una década que deja paso a otra caracterizada por el auge del pensamiento crítico (Fromm, Marcuse, etc.)

 

Para el profesor Keating, la base de su método está en que los estudiantes asuman su responsabilidad ante cada momento de su vida, en ese reiterado carpe diem, que implica hacerse dueño del día que se vive libre y creadoramente. Su fuente de convicción está en la poesía, con su apuesta de libertad y riesgo en su aproximación a la vida auténtica. Esta aproximación es lúdica y no puede sino ser clandestina al desafiar la rigidez del internado de Welton. De ahí los ritos secretos en que esa Sociedad rinde homenaje a Whitman, Byron y todos aquellos que transfiguraron la palabra en materia luminosa.

 

Pero toda lucha por la libertad tiene su precio y en el filme éste lo representa el conflicto del joven Neil con su autoritario padre y su sacrificio final. Esta allí también el retrato social del hogar represivo que ha transformado en fetiches las metas del éxito y la superación material.

 

A pesar de su énfasis didáctico, el fil me nos presenta un tema cuya vigencia la testimonia el interés que ha suscitado en la juventud actual. Por su parte, el director Weir enhebra esta historia con finura y fluidez, logrando momentos de genuina emoción.

José Román

 

EL REALIZADOR

 

Peter Weir nació en Sidney, Australia, en 1944. Después de estudiar arte y derecho se dedicó al teatro como actor, director y escritor. Su carrera como realizador cinematográfico la inició en 1971 con Homesdale, a la que siguió The Cars That Ate Paris. A partir de El misterio de las rocas colgantes (1975), se transforma en el más importante realizador de su país, con obras inquietantes y misteriosas, en las que presenta una situación de normalidad aparente, socavada por la aparición de fenómenos insólitos. Sus siguientes películas australianas (La última ola, Gallipolli, El año que vivimos en peligro) llaman la atención de los productores norteamericanos, que no tardan en incorporarlo a su industria. Sin embargo, a diferencia de lo que suele acontecer a los cineastas trasplantados de otras latitudes, Weir, en sus películas norteamericanas (Testigo en peligro, La costa mosquito, La sociedad de los poetas muertos) ha aportado su particular sensibilidad y refinada percepción a una cinematografía caracterizada actualmente por su estandarizada vulgaridad y conformismo.

 

Tal como lo hace su compatriota Bruce Beresford (El precio de la felicidad, Conduciendo a Miss Daisy) otro emigrado como él, Weir incursiona en zonas más o menos inéditas de la realidad norteamericana sin concesiones a las modas ni a las agotadas tipologías del cine de consumo.

CRÍTICAS

Archivos Normandie es un archivo patrimonial digital que pone en valor la crítica cinematográfica y la programación del Cine Arte Normandie entre 1982 y 2001.


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