EL REALIZADOR
Nace en Valparaíso, Chile, en 1949. A los veinte años ingresa en la Escuela de Cine de Viña del Mar, y un año más tarde al conseguir una beca del Instituto de Cine de la U.R.S.S.s, e traslada a Moscú como alumno de la Facultad de Dirección de Cine y Televisión.
Se inicia en el campo de la dirección con la realización de algunos cortometrajes, de los que el titulado La primera página, producido en 1974, obtiene un buen número de premios; entre ellos, el Gran Premio del Festival de Tempere, el Primer Premio del Festival de Oberhausen y otros en los festivales de Londres y Tashkent.
En 1977 realiza su primer largometraje, La noche sobre Chile, Premio Especial del Festival de Moscú, que se vende a 38 países y que es visto en la U.R.S.S. por 42 millones de espectadores.
A continuación realiza las siguientes películas:
- Santa esperanza (1980), que representa a la U.R.S.S en los festivales de San Sebastián, Huelva y La Habana.
- La caída del cóndor (1982), premiada en el Festival de Ramasse, Siria, con 17 millones de espectadores en la U.R.S.S.
- La apuesta del comerciante solitario (1984) (Guión conjunto con Alexandr Adabashian), seleccionada para los festivales de Cannes, San Sebastián y Huelva, con 20 millones de espectadores en la U.R.S.S.
- El jaguar (versión libre de la novela de Mario Vargas Llosa «La ciudad y los perros»), que en un año de proyección en la U.R.S.S. es vista por 80 millones de espectadores, siendo seleccionada para diversos festivales internacionales.
- Historia de un equipo de billar (1988), guión conjunto con Alexandr Adabashian.
- Una actriz española para el ministro ruso (1990), realizada en coproducción con España, que es su primera experiencia cinematográfica fuera de la U.R.S.S.
SEBASTIAN ALARCON
La Apuesta del Comerciante
Compartiendo un rasgo común a muchas producciones de realizadores chilenos del exilio, esta película de Sebastián Alarcón reconstruye en el extranjero (en este caso en la Unión Soviética) un paisaje, unos ambientes y unos personajes profundamente chilenos. Con dedicación, con infinita paciencia, se ha recreado un entorno urbano popular en el que abundan los detalles de ambientación que procuran verosimilitud, desde los envases de alimentos, botellas de licor y banderines deportivos hasta la incorporación de temas musicales y fragmentos de emisiones radiales y televisivas en la banda sonora.
Estos elementos enriquecen la configuración de unos espacios característicos de ciertas formas tradicionales de vida social chilena, observados en un momento de cambio y de crisis. El barrio de clase media baja, la población marginal, el pequeño almacén amenazado por la presencia del supermercado, el cabaret en decadencia, el despacho desordenado de un periodista chapado a la antigua. Es todo un mundo, una forma de convivencia y unos valores que tratan de resistir, sin éxito, la invasión avasallante de una modernidad basada en la lógica del consumo y el dinero.
En este contexto, Sebastián Alarcón crea unos personajes de absoluta verosimilitud en sus reacciones, sus opciones y en el develamiento de sus motivaciones más profundas. Especialmente esto es así en el protagonista: Raúl Sánchez, pequeño comerciante endeudado, bohemio, con sueños de grandeza, y una naturaleza idealista y bondadosa. La interacción del protagonista con los restantes personajes: su madre, las mujeres y amigos del cabaret, Nancy, se va tejiendo sobre la relación, primero indirecta, después cada vez más involucrada con la situación eje del filme: el niño atrapado en el pozo
Esta situación opera como el punto de referencia en torno al cual se define la estructura dramática de la cinta y la opción existencial del protagonista. La carga de significados que contiene, la configura también como la instancia moral para valorar la conducta de los personajes y para precisar el punto de vista del espectador frente al relato.
El guión -cuidadoso, fino, pleno de sutileza- escrito por Alexander Adabashian y el director, es plasmado por éste con rotundo dominio del relato cinematográfico, de los secretos de la puesta en escena y de la dirección de actores. Alarcón pulsa el registro de un realismo intimista filtrado por una mirada desmitificadora, casi desencantada; matizado por un sentido del humor cercano a la picaresca y el absurdo. Ello, sin embargo, es sólo el contrapeso necesario para situar en su justa medida el rasgo dominante de su cine: la cálida, comprensiva mirada con que observa a sus personajes, la reivindicación de unos valores humanos enmascarados en la indiferencia, la simulación o el cinismo.
Tras esas actitudes defensivas, el realizador busca develar el ser verdadero porque sabe que ahí encontrará lo mejor del hombre: la entereza, la solidaridad, la generosidad y capacidad de entrega. Ese ser auténtico está escondido, obligado a disimularse, arrinconado. Pero está allí. El gran logro de la película consiste en mostrar este proceso como una progresiva toma de conciencia, por la cual un hombre sencillo se descubre a sí mismo, a pesar de las presiones del orden social, de la decepción y el desengaño. Cuando en la notable secuencia del auto, Pomponio es rechazado por Nancy, que le muestra cómo es «la realidad», el comerciante solitario comienza su peregrinaje hacia la redención porque nunca podrá admitir que el mundo sea así.
En una metáfora bellísima, Alarcón homologa este encuentro consigo mismo con el descubrimiento del niño que hay en el hombre. Antes de iniciar el descenso al pozo, Pomponio contempla su propia fotografía de niño en la habitación de su madre. El significado es claro: al bajar al pozo para rescatar al muchacho con cuya vida se traficó para un montaje publicitario -ese niño que también se llama Raúl- el protagonista se está rescatando a sí mismo de una vida de renunciamientos y falsas apariencias.
Esa es la verdadera apuesta de este personaje, sintetizada en la conmovedora imagen final. Es también la apuesta del director de esta película: la de entregar, en un momento particularmente oscuro de nuestra historia (1984), una poderosa afirmación de esperanza y de vida. Largo tiempo después de haber dejado Chile, a mucha distancia de su patria, Sebastián Alarcón ha realizado una obra lúcida, iluminadora, profundamente comprometida con la suerte de una sociedad cruzada por contradicciones y devastada en sus valores esenciales. Por ello La apuesta del comerciante solitario es una referencia imprescindible, una gran obra del cine chileno.
SERGIO SALINAS R.
Palabras de Sebastián Alarcón
«Me interesa mucho el problema de búsqueda de la identidad de uno mismo, nos interesa la necesidad de cada personaje, de asumir una posición en la vida y ese fue el motivo que nos impulsó a hacer estas películas: la apuesta del comerciante solitario, la historia de un equipo de billar y Una actriz española para el ministro ruso, son todas parecidas en cuanto al personaje principal y a la idea general. Es todo una película.
«Me considero con Alexandr Adabashian -el guionista-, como humanista y si hay algo que realmente rechazo son las rigideces ideológicas, tanto de izquierda como de derecha . A mí me parece que la sociedad de consumo es también una rigidez ideológica, por que ambas, la sociedad de consumo y el dogmatismo, quiebran o degeneran el carácter de una persona, el ser de un hombre; lo transforman, lo destrozan, uno a un nivel intelectual, el otro a un nivel material, físico.
«A mí no me interesa la gente importante de la sociedad; me gusta trabajar con los pequeños seres de este mundo y al tratar con estos pequeños seres que pretenden ser grandes seres, ellos como que se inventan, se imaginan, un «yo» que no existe. Entonces ese desdoblamiento, ese ser y parecer ser es muy común en nuestra sociedad. Se está convirtiendo en un fenómeno hoy día en la U.R.S.S., también.
«Me parece interesante ir desenmascarando a los personajes, mostrarlos de una forma y de a poco ir llegando al interior de ese personaje, que es un método muy chejoviano. Chejov es una influencia muy clara en las películas nuestras.»
