El proceso

AUTOR: Manuel Villegas López
PELICULA: El proceso
TÍTULO ORIGINAL: Le procès
AÑO ESTRENO: 1962
DIRECTOR: Orson Welles

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ORSON WELLES

Nacido en 1915 en Wisconsin, de un industrial y una concertista en piano, a los once años recitaba de memoria El Rey Lear y escribía un análisis de Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche. En 1938, cuando contaba veintitrés, aterrorizó a miles de norteamericanos con su versión radiofónica de La guerra de los mundos, de H.G. Welles, al transmitirla como un reportaje en directo. Ese mismo año fundó el Mercury Theatre, compañía de vanguardia que adaptaba creativamente a los clásicos, como en su versión de Macbeth, interpretada sólo por actores de color.

 

Cuando se inicia en el cine, tiene ya una importante carrera como actor y director teatral y realizador de programas de radio. Su primera película, El ciudadano Kane (1941) es considerada una obra revolucionaria en la puesta en escena y la narración cinematográficas. En este retrato de un magnate de la prensa, aparece ya el tema fundamental que recorrerá su obra: el poder y su identificación con el mal. No menos magistral es su película siguiente, Soberbia (The Magnificent Ambersons, 1942), crónica de la decadencia de una vieja familia aristocrática norteamericana y de los valores y sentimientos puestos en juego. Aquí emergen ya, totalmente depuradas, algunas características de su estilo: uso de la profundidad de campo y el plano secuencia, que innovaban el concepto de la continuidad dramática y la valoración del espacio.

 

A partir de entonces, su carrera cinematográfica se verá a menudo intervenida por las presiones de los productores y algunos de sus filmes serán mutilados o sacados de su control. En esta primera etapa, su obra se divide entre el género llamado “thriller” y las adaptaciones de Shakespeare. Entre los primeros se cuenta El extraño (1946) (que tuvo como ce-guionista a John Huston), La dama de Shanghai (1947), Mr. Arkadin (1955), y Sombras del mal (1958). En ellos prosigue su discurso sobre la fascinación del poder y del mal y la relativización de las normas morales. Sus versiones de Macbeth (1948) y Otelo, (1951), protagonizadas por él mismo, introducen una nueva concepción del teatro filmado, sobre todo en la adaptación del espacio escénico a la pantalla y a la participación dramática del decorado y la iluminación.

 

Con El proceso, Welles realiza su primera película después de El ciudadano Kane, hecha con entera libertad y completo control de sus etapas creativas. Desde entonces su obra se hará más esporádica y abundarán los proyectos no realizados. Ya su solidaridad con los perseguidos por el macarthysmo lo había instado a emigrar de EE.UU. a fines de los cuarenta y en lo sucesivo realizará sus filmes en Europa. La circunstancia de que sus producciones posteriores a El proceso hayan sido realizadas al margen de las transnacionales de la distribución ha impedido que éstas se hayan visto en Chile. De este modo, desconocemos obras como Campanadas de medianoche (1965), basada en dos obras de Shakespeare, en torno al personaje de Falstaff; Historia Inmortal (1968), F de falso; y Don Quijote.

 

Welles ha alternado sus trabajos como realizador cinematográfico y actor con los de director teatral, de televisión, novelista, dramaturgo y ensayista. En 1982, el Presidente Miterrand le confirió la Legión de Honor, en reconocimiento de su prodigiosa labor creativa.

José Román

 

EL PROCESO

El Proceso es el absurdo puro, en la novela de Kafka y en la película de Welles. Y aquí es donde radica la fundamental fidelidad de Welles al autor originario, por encima de todas esas pequeñas disquisiciones cicateras que tantos críticos se han dedicado a encontrar en este filme colosal. También es una fórmula algebraica. No hay delito, no hay culpable, no hay juez, no hay proceso concreto… No hay más que la fórmula general simbólica de todos los procesos que puedan aplicarse a ella. Es el proceso sin proceso, que es el absurdo puro del proceso. Y la realidad de nuestra época se ha acercado ya totalmente, ¡tantas veces!, a este absurdo puro, hasta convertirse en Kafka. Son los procesos que pueden caer sobre todo ciudadano o sobre todo un país, por el solo hecho de un cambio en la orientación política o racial o bélica. Es el culpable sin culpabilidad, y es el proceso que mueve sus engranajes sobre cualquier hombre, o sobre todos los hombres de una clase, de una idea, de una raza, de un grupo. No saben por qué, ni quizá lo sabe nadie, pero el proceso de su persecución y de su extinción sigue en marcha. Lo estamos viendo todos los días. Es la fómula de Kafka que puede servir para todos los casos concretos. Sobre esa fórmula cada uno de nosotros debe poner su interpretación, su visión y sus hechos concretos.

 

Eso es lo que ha hecho Welles con El proceso de Kafka, interpretarlo en función de los datos de nuestro momento. A través de esas fórmulas simbólicas, de gran parábola a lo Kafka, Welles deja transparentar, sobre todo, su aversión a las leyes y métodos que la sociedad se ha inventado para oprimir al individuo, y las del mundo para oprimir a cada sociedad. Lo ha dicho concretamente. Y se ve la permanente alusión a toda persecución, de todo orden, desde el campo de concentración a lo policíaco. Al final, la ejecución por la bomba atómica, que puede ser el destino de todos nosotros. De todos los que estamos sometidos, sin razón, sin motivo, sin culpabilidad, a este inmenso proceso absurdo que se llama «guerra fría», bajo la fórmula del «equilibrio del terror». Y todos somos culpables sin culpabilidad. Es la angustia del hombre de hoy. Es la pesadilla del hombre de hoy.

 

Por eso el filme adquiere un acento onírico. Porque los sueños son también la fórmula algebraica de la realidad, sobre los que se aplican hechos concretos que hay que saber interpretar. Como lo dice la misma voz de Welles al comienzo: » Podría decirse que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño… o de una pesadilla».

 

Por eso no se trata de ver la realidad concreta de cada una de las escenas, con la comprensión directa y fiel de lo que en ella sucede, porque lo que sucede no es real ni concreto ni lógico… Es siempre la fórmula del absurdo. Y a esa fórmula del absurdo tenemos que aplicar, cada uno, el absurdo concreto que vivimos, sabemos, conocemos o tememos. Al fin, es una parábola abstracta, donde toda realidad ha sido substituida por el absurdo puro. Es la parábola, pudiéramos decir, bíblica, de la desolación, el disparate, la opresión y la angustia de nuestra época y nuestro mundo.

 

Este filme genial tiene una realización prodigiosa. Hay una alternancia de planos cortos con otros largos y complejos, casi siempre en movimiento por una serie de giros, subidas y bajadas, acercamientos en perfecta concordancia con el ritmo que marca decididamente el montaje. Hay también larguísimos planos, en travellings inverosímiles, que marcan variantes melódicas en este montaje, como la escena del baúl o la de la casa del pintor. El resultado es que esta historia de la lentitud y la inercia, si se quiere de la nada, hecha mecanismo procesal, tiene un dinamismo extraordinario, una rápida marcha de acción desbocada en las zonas profundas, mientras en la superficie se desliza esa reiteración angustiosa de la mecánica absurda del proceso. Este contrapunto es lo que viene a dar esa oscura tensión, tan característica de Welles, el aire mágico y onírico y, en definitiva, la ansiedad cósmica que domina el filme.

 

Extractado de Manuel Villegas López, Prólogo al Guión de El proceso, Editado por Aymá S.A. Barcelona.

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