LUCHINO VISCONTI
Uno de los creadores más importantes del cine italiano, Luchino Visconti nació en 1906 y falleció en 1976. Es uno de los principales representantes del movimiento neorrealista, iniciado con su primer largometraje: Obsesión, en 1942. En su cine hay siempre una síntesis entre la vertiente realista y la depurada estilización de los materiales plásticos y dramáticos, reveladora de la aplicación al medio fílmico de su experiencia como director de teatro y ópera.
La refinada sensibilidad de Visconti se plasmó en una poderosa narrativa cinematográfica, en que el cuidado de los detalles y el esplendor visual de las imágenes se unió a la intensidad dramática, sea para abordar temas de la realidad contemporánea, como en Rocco y sus hermanos (1960) o Grupo de familia (1974), sea para realizar impresionantes reconstrucciones históricas (Senso, 1954; El gatopardo, 1963; Muerte en Venecia, 1971). En todos sus filmes resalta la lucidez en el examen de las relaciones sociales y de los dramas individuales, creando un arte único: barroco, atormentado, complejo, profundamente italiano y dotado, a la vez, de una inspiración humanista de alcances universales.
EL INOCENTE
Obra póstuma de Visconti, esta película contiene los elementos característicos de su estilo, así como las preocupaciones que dominaron sus últimos filmes: la muerte, la decadencia, la soledad.
Con la complejidad habitual en Visconti, El inocente recrea la forma de vida de una aristocracia refinada, elegante, pero revela, a la vez, las subterráneas corrientes destructivas que se incuban bajo ese esplendor de formas y apariencias. El eje de este análisis es el protagonista, Tullio Hermil, quien pareciera buscar una manera auténtica de existencia, pero cuyos actos concretos revelan un itinerario hacia la degradación, la maldad y sus consecuencias últimas: la soledad y la destrucción (de sí mismo y de quienes lo rodean).
En cierto modo, el filme es un estudio sobre el orgullo y, por extensión, el retrato de una clase social arrogante que se encuentra en su ocaso. Pese a tratar una época pasada, la vigencia de la película es indudable. Al abordar un caso de “locura moral”, en que un hombre cree ser superior a sus semejantes y pretende atenerse a un código ético excepcional, que justificaría incluso el crimen, Visconti está hablando de una crisis de valores que tan tos ejemplos encuentra en la historia reciente y en la sociedad contemporánea.
INGMAR BERGMAN
Realizador sueco, nacido en 1918. Su labor cinematográfica se inicia en 1945 y se prolonga hasta hoy en una extensa filmografía marca da por una problemática existencial, psicológica y religiosa de profundidad inusual en el cine contemporáneo. Desde filmes de su primera época, como El demonio nos gobierna (1947), pasando por obras como La noche de los forasteros (1952), El séptimo sello (1956) o Fresas salvajes (1957), hasta sus cintas más recientes, Bergman ha planteado insistentemente las interrogantes básicas de la condición humana, tales como la problemática relación con lo sobrenatural, la soledad, y la búsqueda del sentido de la existencia.
Gran director de actores, su cine hace un uso intensivo del primer plano. Su estilo ha evolucionado desde las soluciones plásticas expresionistas de sus primeras obras hasta la extrema austeridad y despojamiento, línea en la que ha realizado filmes notables (El silencio, 1963; Persona, 1966; La pasión de Ana, 1970; Gritos y susurros, 1972; etc.). En sus últimas películas ha enfatizado los planteamientos psicológicos, exponiendo, con singular penetración, los problemas de las relaciones interpersonales, de la humillación, el egoísmo y el desamparo de los seres humanos.
EL HUEVO DE LA SERPIENTE
A diferencia de otras obras de Bergman, El huevo de la serpiente es un filme con mayor arraigo en un contexto histórico y social preciso. Es Berlín, en 1923, asolado por la crisis económica y la corrupción, un medio convulsionado, violento y decadente en que se prepara el advenimiento del nazismo y al que se refiere el título de la película.
Este Bergman más atento a una realidad social no es, sin embargo, esencialmente diferente al de sus filmes anteriores. Se diría que el director encuentra aquí, en una realidad objetiva, el correlato de su atormentado mundo interior. La crueldad, la intolerancia, el egoísmo, la instrumentalización de las personas, temas que frecuenta ron siempre los filmes de Bergman, adquieren aquí el peso objetivo de los hechos históricos, son a la vez fenómenos subjetivos y datos concretos de la realidad exterior. La antigua idea bergmaniana de la convivencia humana vista como un infierno, pasa de lo abstracto a lo concreto, de lo individual a lo social. Ese infierno es, entonces, el Berlín fantasmal de 1923, es ese laberinto de callejuelas y corredores y los experimentos con seres humanos del doctor Vergerus.
Es posible que este filme sea menos perfecto que otros de Bergman, pero no podrá negarse su coherencia con el universo artístico del autor ni esa voluntad de extrema lucidez que le permite enfrentarse cara a cara con el horror.
SERGIO SALINAS R.
