EL REALIZADOR
Nacido en París, en 1949, Jean-Jacques Beineix surge entre las más recientes promociones de realizadores franceses. Se inició en el cine y la televisión como asistente de diversos directores. Trabajó bajo las órdenes de Jean Becker en la serie de televisión Saintes Cheries. Luego fue ayudante del veterano director René Clément en The house under the tres y La course du lievre. Trabajó también como asistente en filmes dirigidos por Marc Simenon, Jean Louis Trintignant, Nadine Trintignant, Claude Berri, Claude Zidi. Uno de sus últimos trabajos como asistente fue en la película De París, con amor (French Postcards), dirigida por Willard Huyck.
Como realizador debutó en el cortometraje, obteniendo con su película Le Chien de Monsieur Michel un premio en el Festival de Trouville para directores jóvenes en 1977.
Su primer largometraje fue Diva, la que realizó con un costo de 1.400.000 dólares. Con este filme obtuvo el premio César a la mejor ópera prima, a la mejor fotografía (Philippe Rousselot), mejor música (Vladimir Cosma) y mejor sonido (Jean-Pierre Ruh).
Su segundo largo, con un costo ahora de 5.000.000 de dólares se tituló La lune dans le caniveau (1983) y fue protagonizada por Gérard Depardieu y Nástassja Kinski. Su tercera incursión en el largo se tituló 37° Le matin y fue estrenado en 1986. Basado en una novela de Philippe Djian, trata, como sus filmes anteriores, de un amor romántico y según el crítico canadiense David Overbey, “sin la tierna complicidad de Diva ni el carácter corrosivo de La lune dans le caniveau”.
De sus dos últimos filmes, no exhibidos en Chile, la crítica ha destacado «la elegancia de su puesta en escena, composición y movimientos de cámara», rasgos que ya estaban presentes en Diva.
(J.R.)
Diva
Título original: «Diva»
Director: Jean-Jacques Beineix
Guión: J.J. Beineix, Jean Van Hamme, basado en la novela de Delacorta.
Fotografía: Philippe Rousselot
Música: Vladimir Cosma y extractos de «La Wally» de Alfredo Catalani y del «Ave María» de Charles Gounod interpretados por Wilhelmenia Wiggins Fernández.
Escenografía: Hilton MC Connico
Montaje: Marie -Josephe Yovotte y Monique Prim
Intérpretes: Frédéric Andrei (Jules), Roland Bertin Simon Weinstadt), Richard Bohringer (Gorodish), Thuy Ann Luu (Alba), Wilhelmenia Wiggins Fernández (Cynthia Hawkins), Gerard Darmon (Spic), Chantal Deruaz (Nadia Kalonsky), Jacques Fabbri (inspector Jean Saporta), Patrick Floersheim (Mortier), Jean-Jacques Moreau (Krantz), Anny Romand (Paula).
Productor: Irene Silberman Francia, 1981
Distribución: Filmocentro
DIVA
Quizás haya que retro ceder hasta los tiempos de la «nouvelle vague» (Alain Resnais con Hiroshima mon amour, Francois Truffaut con Los 400 golpes) para hallar un debut tan fulgurante en el cine francés. A los 36 años, tras una década cumpliendo la ayudantía de otros colegas, Jean-Jacques Beineix accede a la dirección de su primer largometraje. Escoge un tema oriundo de la novelística policial y lo desarrolla con una soltura narrativa, un barroquismo de lenguaje, una imaginería visual y un perfecto acople de todos los artilugios técnicos, como para que el resultado sea lo más parecido a una ópera-prima reveladora, al anuncio de un nuevo talento.
París y algunos de sus rincones más insólitos sirven como puntos de referencia, cuyo protagonista es un joven cartero. Solitario, habitante de un enorme garage en el que ha acumulado poderoso arsenal de aparatos grabadores y reproductores de sonido, el muchacho alimenta allí su enamorada admiración por una soprano de raza negra y ese sentimiento podrá impulsarlo a asistir a uno de los conciertos para tomar una grabación clandestina (la cantante se niega a grabar discos alegando que sólo puede sentirse motivada en presencia de público) e incluso a hacerse presente entre bastidores luego de la función y robar un vestido de la artista. El hurto del souvenir, destinado a alimentar arrebatos fetichistas con una prostituta, trepa a las primeras planas de los periódicos, pero mientras tanto el cartero ya está viviendo -muy inexplicablemente- los ajetreos de una doble persecusión: por un lado surgen traficantes de discos piratas, gente de origen asiático que desea tener a cualquier precio la casette registrada en el teatro, y por otro lado se moviliza una gavilla de maleantes, liderada por un comisario corrupto, que trata de localizar otra casette comprometedora que alguien ha depositado en el bolso de la correspondencia. Tantos vaivenes nutren casi sin cesar los bríos del relato y lo empujan hasta un desenlace con mucho suspenso, si bien no falta la calma de algún paréntesis para que el admirador visite en su apartamento a la prima donna, sea privilegiado testigo de un ensayo y aún comparta con ella una romántica caminata nocturna.
Detrás de esa narración detectivesca, fomentada hasta algunos momentos de violencia y marcada por un ritmo muy vertiginoso, subyace un sutil sesgo humorístico. Este comienza a gestarse a través de las deliberadas confusiones que vertebran todo el asunto y que causan la perplejidad de un protagonista acosado a dos puntas, aunque luego se enriquece con detalles más preciosos como pueden serlo los automóviles idénticos que desbaratan un plan mortífero o el uso de clichés familiares al género. A su vez, no faltan el matiz poético y algún cálido gesto solidario, como si Beineix se hubiese empeñado en dotar el film de una cualidad prismática, con caras no abarcables bajo un solo enfoque.
Paralelamente toda la elaboración formal responde a similares intenciones. Porque si el asombro de la platea no halla límites ante los admirables encuadres y los centelleos lumínicos que ubica sin bajar la guardia en momento alguno el fotógrafo Philippe Rousselot, la escenografía se convierte en un verdadero abanico de tendencias plásticas que incluye desde el surrealismo al pop-art, mientras que la banda sonora, además de los trinos de Wilhelmenia Wiggins Fernández (una norteamericana que en la realidad puede cantar tan bien como en la película), recoge un ancho espectro de tendencias musicales. La sensación general es que Beineix lo armó todo como si se tratase de un puzzle gigantesco e inesperado, que a su vez el espectador podrá descubrir y completar en medio de auténtica satisfacción.
(Extractado de la crítica de Jorge Ricardo Solares. “Cinemateca Revista” Nº 39. Montevideo, 1983)
