CONFESIONES DE WOODY ALLEN
«Desde mi adolescencia siempre he hecho reír a los demás. No lo hago expresamente. Yo no trato de ser divertido. Es instintivo en mí. Yo escribo siempre las ideas que se me pasan por la cabeza. A los dieciocho años escribía y vendía, por mucho dinero, mis textos y gags a la televisión. Y mi éxito de entonces me ha dado la seguridad necesaria para continuar escribiendo.
Es extraño, porque en la realidad, en la vida, yo no me encuentro divertido. Y las personas que se me acercan, por ejemplo los lunes en la noche en el «Michael ‘s Pub» (donde toco en un conjunto de jazz) , se dan rápidamente
cuenta de eso».
Guionista, actor, realizador y a veces montajista de sus películas, se le pregunta sobre cuál de estas actividades prefiere.
»Le va a parecer curioso, pero no me gusta ninguna. La puesta en escena, la actuación en un filme, el montaje… es muy fastidioso. Pero el rodaje es el peor, porque debo levantarme a las seis de la mañana, para estar listo a las siete. A eso le tengo horror . En la mañana hace frío y está oscuro. El montaje de un filme es un poquito mejor, pero no mucho. Escribir es fastidioso. Todo es fastidioso.
Yo hago cine porque todos desean hacer cine y yo soy capaz de hacerlo. Y hago dinero haciendo cine. Cuando mis películas se exhiben las reacciones son buenas y eso me hace bien. El cine es mi terapia. Pero le aseguro muy seriamente que mis filmes no son divertidos de hacer. Filmar es un trabajo físico muy difícil. Es duro no sólo para mí sino para todos los que trabajan conmigo» .
«Me gusta ganar, pero yo no haría nunca un filme simplemente por el dinero que puede aportar. Los filmes que son hechos sólo bajo esta óptica no me interesan… Sería un error desear cada vez sobrepasar un éxito precedente. Si no pensara más que en complacer al público haría malas películas. Es importante poder a veces errar el golpe; es una prueba de que se está dispuesto a experimentar y, por consiguiente, a asumir riesgos. Rehúso hacer concesiones para asegurarme un éxito».
«Desde niño me gustaba tanto ir al cine, que he debido ver los mejores filmes. Cuando decidí hacer mi primera película, sabía simplemente que iba a ser capaz. Sin embargo, nunca había visto una cámara ni un spot de iluminación. Pero a fuerza de ver tantas películas, hacer cine para mí había llegado a ser algo completamente natural. Es claro que en el curso de los meses y de los años ha aprendido mejor el oficio y mi técnica se ha perfeccionado”
Acerca de las influencias que ha experimentado su obra, se cita a sus admirados Chaplin, Keaton, los hermanos Marx, Jacques Tati.
“Seguramente he sido influenciado por Bob Hope y Groucho Marx. Me gustaría poder decir por Chaplin. Pero también por personas diversas, como los escritores Saul Bellow o S.J. Perelman o Robert Benchley … Por lngmar Bergman también. Yo veo en todos mis filmes la influencia de esas personas. Montones de referencias literarias. Bergman está presente incluso en mis comedias más tontas. Admiro a Bergman y su técnica. No sé si algún día podría filmar largos «close-up» como lo hace él (sin el soporte de ningún texto … y manteniendo siempre la atención del espectador). Es preciso mucho aplomo para poder hacer un filme sin texto… y yo no tengo esa confianza en mí».
«Todos atravesamos las mismas crisis, todos conocemos el mismo tipo de angustias y penas. Que seamos ricos o pobres, vivamos en Norteamérica o en Francia o en otra parte, en nuestra época o en otra … yo creo que la mayor parte de nosotros ha conocido y conocerá los mismos problemas… Yo creo que eso es lo que trato de mostrar… «.
(Extractado de una entrevista de M.P. Bleier y B. Hamill para la revista «Premiere» Nº 34).
COMEDIA SEXUAL EN UNA NOCHE DE VERANO
Si el título parodia directamente la comedia de Shakespeare, sus situaciones y personajes nos la recuerdan constantemente, así como el uso que hace Allen de la conocida partitura que Mendelssohn compusiera para la pieza shakespereana. Pero también está muy presente en este filme de Woody Allen el espíritu festivo y erótico de una de las mejores comedias de Ingmar Bergman: Sonrisas de una noche de verano (1955).
La noche estival y campestre, incitadora de los juegos del amor, con su despliegue de duendes benéficos y traviesos es situada por el realizador en una atmósfera de principios de siglo, con algo del arte impresionista y mucho de la tradición del teatro francés de Marivaux, con su elegante estilización en sus juegos de equívocos y engaños.
Tres parejas se encuentran en la casa campestre de una de ellas, y al conjuro de la noche estival liberan su auténtica libido, que se hallaba más o menos inhibida por las convenciones sociales. Los anfitriones, Andrew (Woody Allen) y Adrian (Marty Steenburgen) se encuentran en una situación de crisis expresada en la falta de estímulos eróticos. De los invitados, el pedante y vital Leopold (José Ferrer) se apresta a desposar a la joven pero experimentada Ariel (Mia Farrow), mientras el donjuanesco Maxwell (Tony Roberts) sólo busca el placer fugaz con la deslumbrante Dulcy (Julie Hagerty).
La invocación mágica, como en Shakespeare, trastueca los papeles, desorganiza la aparente armonía y empuja a cada uno de ellos a probar lo prohibido. Andrew reencuentra con Ariel la frustración de una relación juvenil no consumada. Maxwell ve en la misma joven el objeto de su real vocación monogámica. Leopold persigue en Dulcy la intensidad de una pasión física que ha disimulado tras su pedantería.
Todo ello da lugar a encuentros y desencuentros, equívocos y engaños en la mejor tradición vodevilesca, en una armazón en que el tiempo de la acción, la simultaneidad de situaciones, el entrecruzamiento de personajes y circunstancias cobran una importancia que no tenían en las películas anteriores de Allen, todas más o menos lineales y construidas mediante breves unidades narrativas, sin mayores compromisos con la progresión dramática ni la estructura temporal.
Detrás de este festival de eros está, desde luego, la visión escéptica y melancólica del realizador, capaz, como siempre, de cubrir de humor temas tan serios como la precariedad de los afectos, las
veleidades del amor y las angustias y traumas suscitados por eros.
Si bien es cierto, Allen consigue una buena atmósfera de principios de siglo, con personajes sólidos y bien caracterizados y una narración bastante bien hilvanada con su alternancia y entrecruzamiento de situaciones, su humor eminentemente verbal se acerca a menudo al del cómico de teatro frívolo que fuera en sus orígenes.
Tal vez su propio personaje, el del quejumbroso Andrew, está fuera de contexto y rompe la sugestión de una comedia mágica.
Comedia Sexual en una Noche de Verano, dentro de la filmografía de Woody Allen, se sitúa entre esos «filmes-homenajes» (como lo son Interiores y Recuerdos) que sin estar a la altura de sus modelos, dan cuenta de una búsqueda expresiva propia de un artista inquieto e innovador.
JOSE ROMAN
