CARA A CARA
Es innegable que Ingmar Bergman es uno de los autores del cine moderno que, con mayor propiedad, merecen este calificativo. En su obra el director sueco ha plasmado una visión del mundo inconfundiblemente personal, en la que profundiza sin cesar a través de un estilo que, a su vez, ha experimentado con el tiempo una evolución interesantísima (principalmente hacia la depuración}.
Como en otros filmes suyos, Bergman parte de la descripción de un personaje ubicado en una situación de aparente seguridad y normalidad. Jenny es una psiquiatra eficiente en su trabajo, poseedora de un status socioeconómico holgado, aparentemente segura y dueña de si. El reencuentro con sus abuelos, con los que Jenny vivió desde la temprana muerte de sus padres, marca el inicio del proceso de disección que Bergman emprende sobre su personaje y el punto de partida de una crisis existencial que llevará a la protagonista al borde del suicidio y de la locura.
Desde ese momento empieza a desplegarse el característico universo de las preocupaciones y obsesiones bergmanianas: el influjo determinante que el pasado ejerce sobre el presente (con sus referencias a las fijaciones infantiles vinculadas con una educación puritana, represiva); el temor y la obsesión de la muerte; la pugna entre los instintos y la razón; la búsqueda angustiosa de un sentido de la existencia; la dificultad del amor y de la convivencia humana. Es el mundo inconfundible de Bergman, desarrollado a través de la observación de la dolorosa crisis que vive su personaje.
Todo esto es interesante en sí y posee una indudable coherencia con el resto de la obra del realizador. Tal vez con tanta claridad como en sus creaciones más importantes, la cohesión interna del universo bergmaniano se advierte en esta obra, que probablemente no llega a la maestría de Persona, La pasión de Ana, Vergüenza o Gritos y susurros. Pero las preocupaciones e ideas presentes en este filme son característicamente representativos de ese mundo cerrado, denso, angustioso, tan típico del arte atormentado del autor de Fresas Salvajes.
Con muchos aciertos en la primera parte del filme (hasta el intento de suicidio), la segunda desarrolla una forzada explicación de la crisis de Jenny, con sueños visualizados, alucinaciones y largos diálogos o monólogos, en los que el personaje expresa verbalmente sus conflictos.
Como siempre, el estilo de Bergman se sustenta en una estupenda dirección de actores (es excepcional en este sentido el trabajo de Liv Ullmann), en un lenguaje de tomas largas y abundantes primeros planos –que tienden justamente a enfatizar el rol expresivo de los intérpretes- y en los sutiles matices que obtiene con el color y la iluminación del director de fotografía Sven Nykvist. En estos elementos se apoyan los mejores logros del filme, como en el notable plano-secuencia que registra el momento en que Jenny cae en un acceso de risa histérica.
SERGIO SALINAS R.
