Cada amigo un amor

AUTOR: José Román
PELICULA: Cada amigo un amor
TÍTULO ORIGINAL: Four Friends
AÑO ESTRENO: 1981
DIRECTOR: Arthur Penn

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ARTHUR PENN

Arthur Penn nació en Filadelfia en 1922. Cuando debutó en el cine con El temerario (1958), un filme del Oeste protagonizado por Paul Newman, poseía ya una considerable experiencia como director de teatro y televisión. Tenia entonces 35 años y no tardó en convertirse, durante los años 60, en uno de los cineastas más cotizados de Norteamérica.

Este prestigio estuvo asentado en una secuencia de títulos notables: Ana de los milagros (1962), Así soy yo (1964), La jauría humana (1965), Bonnie and Clyde (1967), Déjennos vivir (1969) y Pequeño gran hombre (1970). Notable abanico de obras que incluye tramos de antología del cine norteamericano de esos años.

La década del 70 fue en muchos sentidos traumática para el realizador. Dirigió solamente dos películas, espléndidas pero incomprendidas: Secreto oculto bajo el mar (1975) y Duelo de gigantes (1976), la primera con Gene Hackman y la segunda con Marlon Brando y Jack Nicholson.

La recepción fue sólo discreta en ambos casos y Penn tiene ahora palabras de autocritica para sí mismo: «… creo que perdí mi camino durante los años 70. Veo las películas de Altman, de Cimino y Scorsese con admiración e incluso con algo de envidia, porque yo por mi parte no pude encontrar mi foco. Creo que me lo impidió el caos, Watergate y su secuela de podredumbre. Fueron años difíciles. En sí mismos, creo que fueron un gran equívoco…»

 

DIAS DE CRISIS Y RENOVACION

Esta obra de Arthur Penn recupera para el cine norteamericano un género de emociones tal vez inédito desde los tiempos de Elia Kazan (Esplendor en la hierba, Río salvaje). La misma intensidad. El mismo dolor. La misma pasión por América. Cine profundamente visceral y romántico, en lo que el romanticismo tiene de aventura vital y de agonía.

La primera imagen de la obra muestra a Danilo con su baúl llegando a los Estado Unidos, a la edad de 12 años. Corre la década del 50 y esa es su tierra prometida. En la última imagen, el baúl está envuelto en llamas. Arden los recuerdos de Dani lo sus fotografías, sus discos de Ray Charles, los objetos más asociados a su identidad, seguramente también sus ilusiones de juventud. Entre ambos momentos tiene lugar un relato desgarrado, que, como en otras películas de Penn, está recorrido por el tema del enfrentamiento a la edad adulta y por el dolor que entraña pasar de una etapa de la vida a otra.

Ese tránsito no es abstracto. Se desarrolla en un país preciso  -Estados Unidos- y en una época concreta : los años 60. La mirada sobre uno y otra puede ser comprometida, pero no es nostálgica. Fue demasiado el abatimiento de esos años -muerte de Kennedy, auge y caída del movimiento hippie, conquista de la luna, Vietnam- como para mistificarlos en el recuerdo. Fueron, por otra parte, demasiado dramáticos los dilemas que ese período impuso a toda una generación como para dulcificarlos en la ternura de una evocación retrospectiva. Cada amigo, un amor es una obra recia, sin concesiones, en la que subsisten como no resueltos prácticamente todos esos dilemas y en la que Arthur Penn, no sin resistencia, firma una suerte de tregua con esas jornadas de crisis, de

anguntia y colapso, pero también de auténtica renovación.

Si bien la película tiene mucho de ajuste de cuentas con uno de los tramos más relevantes de la historia norteamericana reciente, Cada amigo, un amor está lejos de aspirar a los contornos de un

cuadro documental. Arthur Penn es decididamente un hombre de su tiempo, pero es también un realizador de percepciones intimistas. Lo es al extremo que su relato quizá no se pueda explicar sino a partir de los sentimientos encontrados -de marginalidad y compromiso- que el protagonista del filme hace patentes en sus relaciones turbulentas con Norteamérica.

Esos sentimientos, por lo demás, son los de Penn y los de su guionista Steve Tesich, ambos tocados muy de cerca por el tema de la inmigración. Penn es hijo de un ruso que llegó a Norteamérica y se ganó la vida como relojero. La ascendencia de Tesich, como la de Danilo en la película, es yugoslava. Ninguno de los dos, por lo tanto, es ajeno al dramático esfuerzo de Danilo por insertarse en un mundo que originariamente no es el suyo, pero que para bien o para mal es su tierra de promisión. En el colegio, en las amistades pueblerinas, en sus ascensiones y caldas dentro de la pirámide social, en su vida afectiva y en su vida cívica, la trayectoria de Danilo describe hasta con patetismo el propósito de encontrar raíces propias y la voluntad de hacer efectivo un sueño –el viejo sueño americano que en definitiva se reconoce más en la grandeza de sus fracasos que en todas sus fabulaciones pueriles.

Cada amigo, un amor debe gran parte de su desaforada intensidad al tema de la acción desgastadora del tiempo y de los términos implacables con que la vida va corrigiendo las perspectivas individuales y colectivas, lo que parte siendo un juego, no tarda en convertirse en tragedia. Lo que al comienzo parecía azar, en el fondo era fatalidad. Donde había estabilidad aparente, no existía sino caos y podredumbre. La aventura de Danilo es en muchos sentidos un viaje de ida y vuelta a los infiernos, descritos con precisión admirable por lo menos en dos momentos de la cinta: en la escena del matrimonio y en las imágenes de horror puro en que un manifestante agita una bandera norteamericana incendiada sobre el rostro de Danilo.

La fuerza demencial de ambas secuencias permite reconocer en Penn al realizador más perceptivo

del cine contemporáneo a la paranoia de estos tiempos.

Es realmente impresionante la forma en que Arthur Penn evita convertir su obra en un estudio de ribetes sociológicos. No incurre en ninguna generalización. No descuida a ninguno de sus personajes ni los rellena en momento alguno de monsergas tomadas de los textos sobre comportamiento juvenil. Sus personajes son de carne y hueso y tienen la soberanía moral y psicológica del mejor cine social norteamericano.

No es ajena a esta grandeza de la obra la espléndida dirección de actores. El manejo del vilipendiado método del Actor’s Studio comprueba la superioridad abrumadora dentro del cine de esta soberbia tradición interpretativa.

Liberal, escéptico, desencantado, pero decidido a jugarse a fondo por sus convicciones, Penn renueva en Cada amigo, un amor un acto de fe en el cine como expresión de esta época y en Norteamérica, como objeto de su pasión personal más sostenida y perdurable.

HECTOR SOTO G.

Texto extractado del folleto . «VII FESTIVAL DE CINE u.e. 1983».

Gentileza de Programación de Prorrectoria de la Universidad Católica de Chile.

 

UN ARTE TRAGICO

«Al calificar el arte de Penn de esencialmente trágico no quiero decir simplemente que está impregnado de violencia y dolor, ni que es triste o pesimista . Está anclado a una visión de la naturaleza humana considerada en una situación de conflicto permanente entre dos polos irreconciliables, cada uno de los cuales tiene su propia validez  La tragedia es la punta extrema del nihilismo . La simpatía, la afección y el respeto que Penn siente por casi todos sus personajes nos da la impresión de que la vida es tan maravillosa como aterradora»

ROBIN WOOD

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