Buscando a Mr. Goodbar
Una visión superficial de esta película de Richard Brooks podría dejarnos sólo ante un caso de psicopatológico desdoblamiento de la personalidad, de trágicas consecuencias.
Pero al fijar la atención sobre sus complejas implicancias, nos dice bastante más de lo que nos cuenta la mera anécdota. Brooks, como otros grandes maestros del cine, maneja su material narrativo como lo hacían los novelistas clásicos: revelando, a través de su historia, un mundo multifacético, rico en referencias psicológicas sociales y morales y exponiendo, a través de la descripción de un cuadro social y del análisis de comportamientos, una visión del mundo tan rigurosa como personal.
Tomando personajes y situaciones de la novela de Judith Rossner, Brooks nos da una imagen de la sociedad más bien apocalíptica, decantando y a la vez exacerbando ciertos elementos constantes en su obra.
Theresa Dunn, como casi siempre los protagonistas de Brooks, elige una forma de conducta marginal, opuesta al comportamiento que impone el hogar, el medio, la sociedad. En su deambular nocturno por bares de mala muerte, asociados a la idea del pecado y la perdición, hay más bien una búsqueda de plenitud, de autenticidad, de encuentro con su naturaleza más profunda . («¿Qué deseas?», le pregunta Tony, en medio del acto amoroso, «todo», responde Theresa). Para explicar esta búsqueda no bastan, sin duda, las referencias psicoanalíticas (padre represivo, hogar deformada mente religioso, lesión-mutilación de infancia, miedo a la «normalidad»), sino que se percibe un anhelo de libertad que va más allá de las limitaciones reales que le impone a Theresa su medio.
La sinceridad con que ésta se entrega tanto a sus funciones de maestra de niños sordomudos (¿alusión a una sociedad autorreprimida, incompleta?); como a sus ocasionales amantes nocturnos, tiene mucho de la desgarrada pasión de los personajes de Dostoievsky. Theresa se presenta ante Tony como «Sonia Katrina Raskolnikov», aludiendo al personaje de «Crimen y Castigo», y su muerte se asemeja a la de Nastasia Filipovna, en «El idiota». El personaje de James, ex seminarista, servidor social, solitario y capaz de llevar su pasión hasta la enajenación, posee también el aliento desgarrado de los seres dostoievskianos.
En general, el mundo de religiosidad, idea de pecado, pasión, locura y degradación que nos muestra Brooks en esta película, tiene mucho en común con el del escritor ruso. Pero estos elementos son deducidos por el realizador de la propia sociedad norteamericana.
¿Qué alternativas se ofrecen a Theresa entre la anacrónica y jerárquica verticalidad del hogar de sus padres y la caótica y promiscua existencia de su hermana Katherine»)
Frente a ellos, Theresa asume su libertad con naturalidad y decisión y da rienda suelta a sus «eros» sin reservas ni sentimiento de culpabilidad. Rechaza a la vez, todo lo que se asocie con la idea de «hogar» como lo expresa su sórdida habitación invadida por las cucarachas («Las cucarachas están conquistando el mundo», dice Katherine, en un anuncio apocalíptico).
Después de su transitoria relación con el cínico Martín, su profesor, intelectual, al parecer «de ideas avanzadas», Theresa transforma el amor en un juego determinado sólo por su libre elección y rechaza el asedio de James, en cuanto el joven representa la estabilidad, la aceptación familiar, la religión.
Pero la libertad que busca sólo puede encontrarla en un medio marginal, caracterizado por la insania exasperada y catastrófica, la que es explicada con frecuentes referencias freudianas: Tony desea castigar la imagen de su madre en otras mujeres; ante Theresa y Katherine se cierne siempre la figura de un padre represivo; el joven psicópata que asesina a Theresa lo hace para resarcirse de un homosexualismo no asumido.
La trayectoria del filme está, además, jalonada por premoniciones de muerte; el retrato de horror izada expresión en la habitación de Theresa; la enloquecida danza con el cuchillo luminoso de Tony; la broma de año nuevo del marido de Katherine, armado de un puñal. Esto se presenta a la vez como un símbolo fálico y un signo de muerte y el erotismo mismo es mostrado a menudo como un juego luctuoso -eros y thanatos – y como tal se resuelve para Theresa en la escena final.
En este progresivo horror en que se sumergen los personajes sólo hay momentos de respiro cuando Theresa imagina situaciones, en ingenuos juegos algo humorísticos; escenas que sólo debilitan la concentración dramática del filme.
Creemos que el desencanto y escepticismo de Brooks -que podíamos observar ya en «A sangre fría» – llega en esta película a un grado extremo y hace difícil augurar la trayectoria futura de este genuino autor cinematográfico.
JOSE ROMAN
