LINDSAY ANDERSON
Realizador británico nacido en Bangalore, India, en 1923, mientras su padre, un oficial escocés, se encontraba allí al servicio del gobierno colonial. Después de estudiar en tradicionales colegios ingleses (Cheltenham, Wadham, en Oxford), hizo su servicio militar durante los últimos años de la guerra. Se interesó por la pintura y la poesía, pero pronto el cine acaparó su atención, desempeñándose como critico en las publicaciones «Sight and Sound», The Times», «New Statesman», “Left Review” y «Sequence», de la cual fue fundador.
Como cineasta, contribuyó a fundar el movimiento conocido como «free cinema», junto a Karel Reisz, Tony Richardson, Jack Clayton y John Schlesinger, entre otros. Este movimiento contribuyó a remover el esclerotizado cine inglés de mediados de los cincuenta, postulando una aproximación a la realidad y a los problemas del hombre de la calle, desde una perspectiva critica, a menudo demoledora. Ligados a la tendencia literaria de los «angry young men» (jóvenes irancundos), junto a los cuales Anderson suscribió el célebre Manifiesto («Declaration», 1957), los cineastas del «free cinema» adaptaron sus novelas y obras teatrales al cine, dando a conocer al resto del mundo a John Osborne, Allan Sillitoe, Shelag Delaney, David Storey, Arnold Wesker y otros.
Entre 1948 y 1967 realizó más de veinte cortometrajes, caracterizados gran parte de ellos por la nada conformista visión de la realidad que definiría al «free cinema» y entre los cuales destaca Every Day Except Christmas (1957), suerte de reportaje filmado al mercado de Convent Garden, a propósito del cual Anderson declaró: «quiero que la gente –la gente corriente y no sólo las personas importantes- sientan su propia dignidad y su importancia».
Paralelamente a su trabajo en el cine, Anderson ha tenido una permanente actividad como director teatral de obras de Shakespeare, Ctréjov, Gogol, Max Frisch, John Osborne, David Storey, Christopher Logue, Willis Han y otros.
En 1963 realiza su primer largometraje: El Llanto del ídolo (This Sporting life), según un relato de David Storey centrado en la figura de un obrero inglés que, transformado en jugador de rugby, se enfrenta sucesivamente al éxito y al fracaso. Cinco años más tarde realiza If… , corrosiva visión de un colegio británico, en el que se reproducen los mecanismos autoritarios y represivos de la sociedad, película con la que obtiene la »Palma de Oro” del Festival de Cannes de 1969.
En 1973 dirige Un hombre de Suerte, en la que, siguiendo el demencial itinerario de un vendedor, critica el arribismo y desmixtifica los incentivos de una sociedad basada en la búsqueda obsesiva del éxito.
En 1974 realiza In Celebration (no estrenada en Chile), basada en una pieza de David Storey que ya antes había dirigido en el teatro.
Poco a poco, a partir de If… , el cine de Lindsay Anderson se ha ido apartando del realismo documental de sus primeras películas, para ir incorporando elementos oníricos, situaciones paradójicas y un agresivo humor negro, que van haciendo de sus filmes verdaderas metáforas de las sociedades contemporáneas y de la condición humana.
De los realizadores del “free cinema”, Anderson es el único que ha permanecido en lnglaterra, fiel a una temática que desnuda los mecanismos sociales e institucionales que rigen la sociedad británica, en un tono que se ha hecho cada vez más pesimista y apocalíptico, pero que revela en el realizador una lucidez y una inquietud moral característica de los mejores creadores cinematográficos de nuestro tiempo
BRITANNIA HOSPITAL
Si se analiza este filme a la luz de las realizaciones anteriores de Lindsay Anderson, es posible deducir que existe una estricta continuidad en las inquietudes expresadas por el realizador inglés en su obra. Aquí está presente el poder, como en If… y Un Hombre de Suerte, en la forma de una entidad grotesca y demencial que se manifiesta preferentemente mediante la violencia represiva. Están las pomposamente normativas instituciones británicas, apoyadas en rituales que han perdido su contacto con la realidad. Está la rebeldía de los postergados como una explosión anárquica y disolvente. Está, en fin, la visión del hombre como sujeto y objeto, verdugo y víctima, demonio y dios, en un mundo que marcha hacia la destrucción. Un personaje, Mick Travis, interpretado por Malcolm McDowell, que aparecía en los dos filmes citados como una especia de símbolo de la juventud británica, vuelve a surgir aquí transformado en un inquietante monstruo de laboratorio.
En ese humor negro que animaba tanto If… como Un Hombre de Suerte, se vislumbrada una indignación moral que se filtraba, por momentos, de las situaciones jocosas. En Britannia Hospital, esta indignación domina el gilme en toda su extensión y el humor resulta frecuentemente desplazado por el horror y el asombro ante la violencia, la maldad y la estupidez humanas.
El filme gira en torno a un tema que no ha sido ajeno a la cinematografía, especialmente en el género fantástico: la soberbia y la deshumanización de la ciencia. Pero esta vez en una sociedad convulsionada, agitada por movimientos reivindicativos y conflictos que contrastan con el congelado ritual de los ceremoniales monárquicas ingleses.
Desde el comienzo, el filme nos introduce en un tono de humor macabro que se irá haciendo progresivamente más feroz: un enfermo recién ingresado al hospital muere ante la indiferencia del personal preocupado del cambio de turno. Mientras tanto, el doctor Millar, una especie de moderno barón Frankenstein, prepara la creación de su propio monstruo, para lo cual no trepida en el crimen. Simultáneamente el hospital, símbolo de la tradición británica, se apresta a recibir la visita de la reina, organizando el complicado formalismo que impone el ceremonial, en medio de la agitación reivindicativa del personal, que ha hecho una huelga oponiéndose al status privilegiado de ciertos pacientes. A estos se suman las manifestaciones callejeras en contra de la presencia de un sanguinario dictador africano en el hospital. El hospital es concebido como un microcosmos que reproduce las contradicciones de la sociedad británica sin complacencia ni falsas ilusiones. Si, por una parte, Anderson describe a las autoridades como ridículos fantoches, incompetentes y crueles, no es menos corrosiva su visión de los desposeídos: proclives a la violencia irracional, a la fría burocratización de sus luchas. al soborno del poder.
Esta imagen demencial de la sociedad y sus conflictos, que llega por momentos al «grand guignol» (el monstruo creado por Millar), es conducida por el realizador hacia un discurso final que rompe abruptamente el tono del filme, haciéndolo caer en la ambigüedad.
Como siempre en el cine de Anderson, resulta apreciable su dominio de la narración, con su gran
cantidad de personajes y acciones alternadas, conducida con un ritmo sostenido, a través de un humor iconoclasta que lo confirma como un auténtico “angry young man”.
JOSE ROMAN
