JOHN HUSTON
Con Bajo el Volcán, su película número 38, Huston ha consolidado su sitial dentro de la historia del cine como uno de los autores más coherentes, lúcidos y permanentes.
Nacido en 1906, en Nevada, vivió su juventud con la intensidad que caracterizara a la llamada “generación perdida”, representada especialmente por su amigo Ernest Hemingway. Antes de dedicarse al cine, Huston fue boxeador, actor, militar de caballería en México, cuentista dramaturgo. Con esa generación ha compartido su rebeldía y pesimismo y su penetrante conocimiento de la naturaleza humana.
Al cine ingresó como guionista de realizadores de la talla de William Wyler, Howard Hawks y Orson Welles. Su primera película como director, El Halcón Maltés, de 1941, constituyó un pilar fundamental del “género negro” con su visión escéptica de la sociedad y su constatación de la ambigüedad moral que rige las relaciones humanas. En este género perseveró con Huracán de Pasiones (1948) protagonizada, al igual que la anterior, por su amigo Humphrey Bogart, y con una de sus obras maestras, Mientras la Ciudad Duerme (1950).
Pero algo que caracteriza al cine de Huston es que ha recorrido todos los géneros, el film de aventuras (El Tesoro de la Sierra Madre, Rompiendolas Cadenas, La Reina Africana, La Burla del Diablo, El Hombre que sería Rey), el thriller (La Carta de Kremlin, El Emisario de Mackintosh, Fobia), el western (Lo que No se Perdona, El Juez del Patíbulo), el filme “de época” (Moulin Rouge, Moby Dick, Freud, La Biblia, Camino con el Amor y la Muerte), etc., sin que por estos filmes dejaran de estar marcados por un sello personal, tanto en sus temas como en su estilo. Esto resulta aún más sorprendente si consideramos que la mayoría de las películas de Huston son adaptaciones de los más diversos autores: Dashiell Hammett, Bruno Traven, Stephen Crane, Herman Melville, Romain Gary, Carson McCullers , Rudyard Kipling, Malcolm Lowry. En ellos el realizador ha encontrado un reflejo de sus propias inquietudes y visión del mundo: la aventura humana, el fracaso, la relativización de los mitos y afanes y la rebeldía profunda como una manifestación de la dignidad humana.
BAJO EL VOLCAN
Desde que la novela de Malcolm Lowry se publicara en 1947, varios realizadores intentaron llevarla al cine, sin mayor éxito. El mismo John Huston reconoció haber alimentado este proyecto desde hace treinta años, hasta que la posibilidad de co-producirla con México le permitió llevarlo a cabo.
Lo cierto es que la estructura del relato, su concentración en un breve lapso de tiempo y en prácticamente tres personajes, su ausencia de peripecias que no sean las derivadas del comportamiento de su protagonista principal, su particular forma de progresión lo hacen inhabitual para los criterios comerciales que imperan en el cine norteamericano y lo acercan más a esas experiencias europeas de “antinovela”, como las del cine de Antonioni o Bellocchio.
Cierta crítica le ha reprochado a Huston el no haber buscado la intensidad que Lowry consigue en el monólogo interior de su protagonista principal haciendo una historia más distanciada e irónica, así como haber evitado los “flash-back” de la novela, prefiriendo elaborar una historia lineal. Creemos innecesario insistir en la autonomía de la obra cinematográfica en relación con su fuente de inspiración literaria, para reconocer en Bajo el Volcán una película íntegramente de John Huston, en su tema y construcción sin hablar de sus personajes y su particular visión del paisaje físico y humano de México, que ya habíamos apreciado en El Tesoro de la Sierra Madre y La Noche de la Iguana.
El tema del fracaso y de un proceso de autodestrucción ya lo habíamos encontrado en varios otros filmes de Huston, pero tal vez nunca llevado a un grado, de condensación casi abstracto como en esta película.
La historia deI filme transcurre durante las veinticuatro horas que dura la fiesta del Dia de los Muertos, en la Cuernavaca de 1938. En este ambiente, que es toda una premonición de muerte y una expresión del caos, Geoffrey Firmin, el ex cónsul inglés en la ciudad, deambula arrastrando su alcoholismo y su decepción y una conflictiva relación con su mujer, lvonne, y su medio hermano, Hugh.
Con su reconocido virtuosismo interpretativo Albert Finney cumple a cabalidad la tarea de sostener el peso del relato, configurando paso a paso la dimensión trágica de su personaje. Firmin es un ser contradictorio agresivo, agudo, lúcido y desesperado y se inscribe totalmente en esa galería de “perdedores” que recorren el cine de Huston. Es también un desarraigado, un extraño que se mueve en un espacio alucinante en el que se concentran la miseria y el horror humanos.
El momento histórico juega también un rol importante en el destino de los personajes: Hugh es un idealista que viene de combatir en el bando republicano en la Guerra Civil Española. Firmin está de vuelta de todos los idealismos y sólo puede reaccionar a partir de la dignidad que le confiere su dolor. Misteriosamente, voluntad y destino van confluyendo hacia la conclusión del relato. Lowry sitúa su relato en 1938, apogeo del nazismo y vísperas de la Segunda Guerra Mundial.
Firmin increpa con sarcasmos a un funcionario del Tercer Reich acreditado en México. Luego sus pasos lo llevarán indefectiblemente al siniestro burdel –alusión al infierno-, en el que será asesinado de manera casi ritual, por los fascistas locales.
No es de extrañar que al reflexionar sobre nuestra época, Huston haya retomado su proyecto de Bajo el Volcán. Su visión lúcida, pesimista, trágica, vuelve a pulsar la conciencia y la emoción en un relato conducido con maestría.
José Román
PALABRAS DE JOHN HUSTON
«Siempre me siento constreñido en presencia de demasiadas reglas, reglas severas. Estas me angustian. Me gusta el sentimiento de libertad. No persigo especialmente esa libertad extrema de los anarquistas, pero me impacientan las normas que provienen de prejuicios.
Yo no hago películas para mi y creo que si me gusta una película, les gustará a otros también. Hago películas con la intención de que sean vistas. Hago una película para otros. No estoy buscando una satisfacción personal. Por otra parte, no trato de imaginar las reacciones o colocarme en la mente de los demás. Es bastante difícil para mi entender mi propia mente y entenderme a mí mismo. No podría especular sobre lo que le gusta o no a cincuenta millones de personas. Sólo puedo esperar que entre ellos haya bastantes que tengan mis gustos.
Me guardo de no hacer una transferencia literal al filme de lo que un escritor ha creado inicialmente para una forma diferente. Por el contrario, trato de penetrar primero en la idea básica del libro o de la obra de teatro y entonces trabajo con esas ideas en términos cinemáticos».
