ASIGNATURA PENDIENTE
Entre 1975 y 1976, el cine de España comenzó un período de readecuación a una realidad nueva, can un código de censura que hablaba de una necesaria «evolución permisiva”, aunque seguiría existiendo hasta dos años después. No era fácil, a pesar de que algunos hoy así quieren verlo entrar en ciertos terrenos. Y Garci, debutando con “Asignatura Pendiente”, define por primera vez situaciones y personajes con un sentido político no oculto ni alegórico. Hace del asunto central una respuesta íntima, sentimental, al orden de cosas que hasta aquel momento había imperado en el país.
Apela a la adhesión emotiva, a la evocación de frustraciones colectivas, a través de una pareja que hace pocas cosas intentando revivir amor de veinte años antes. Tanto por el esfuerzo de retrotraerse en el tiempo como por la forma en que observa a sus personajes, Garci se aproxima mucho a otros debuts. No existe un distanciamiento crítico ante la situación y su sentido dramático opera por acumulación de sorpresas generadas en lo cotidiano. Así, los recuerdos se sobreimprimen en imágenes del presente, los primeros pasos van en busca de raíces perdidas años atrás el presente se vuelve desconcertante porque la reiteración y la eliminación de lo nuevo comienzan a dominarlo. Esos personajes, como España, no saben dónde terminarán, qué les deparará el futuro y como reaccionarán ante él. Están en una situación de indecisión, cambiando pero dentro de moldes preestablecidos por una vida difícil de olvidar y corregir.
Garci apela a toques de comedia ligera, graciosa e inmediatamente envolvente, como siempre se ha hecho en Hollywood. Se trata de dar vida a personajes encantados, viviendo en la fantasía del amor devuelto y cosechando todavía derrotas en los días presentes. Ese es también el camino que conduce hacia sentidos melodramáticos bien adecuados por una sensibilidad a flor de piel: Garci pudo convertir todo esto en un drama con un final desesperado, con el triunfo de la conciencia de que el tiempo ya pasó. Empero, no es esa su intención.
Puede reprochársele, en cambio, ciertos estiramientos y alguna superficialidad en su trama. Pero mucho de ello forma parte de esa vida a la cual debe reconocérsela para encarar un presente no del todo clarificado. Es una deuda que comenzó a pagarse a quienes, como él, “llegaron tarde a todo: a la infancia, a la adolescencia, al sexo, al amor, a la política” y “a Miguel Hernández, que se murió sin que nosotros supiéramos que existía”. Es el dolor por una carencia íntima, cuyo reconocimiento se hace urgente, sino – al decir de un dicho popular – quien no ha vivido su pasado está condenado a resucitarlo.
(Extracto de la crítica de Henry Segura en “Cinemateca
Revista” Nº 18, julio, 1980, Uruguay)
