EL ARBOL DE LOS ZUECOS
“El árbol de los zuecos” es, sobre todo, la recuperación decidida, pero lúcida del conjunto de cualidades campesinas donde se apoyaban aquellos valores que daban sentido la vida, años atrás. Olmi jamás las absolutiza como algo definitivamente positivo, según veremos más adelante. Pero insiste con descaro en que farnilia, fraternidad y religión, vividas serenamente en la plenitud de la Naturaleza, constituyen adquisiciones vitales que, adecuadas al devenir del tiempo, es imposible echar por la borda. So pena de quedarnos sin puntos de referencias sustituyéndolos por una sofisticación intelectualista “á la page». Contra toda moda, contra el baile de las ideologías, Olmi deja caer su mirada sobre esa pequeña comunidad lombarda de 1897, que en los estrechos límites de su granja, sometida a las estaciones y a la voluntad del amo, vive, ama, trabaja, muere y, al final, adquiriendo prodigiosas dimensiones histórico-políticas, se abre a la transformación de la
sociedad finisecular por medio de la cultura y de la injusticia concienciada. Es el retorno al comienzo precisamente cuando se está engendrando algo nuevo, en ese ciclo en cadena que es la existencia humana. Olmi, de esta manera, evita el conflicto de clases que inmediatamente va a estallar por toda Europa. Pero nos recuerda que si el conflicto era lógico, también debemos recordar los orígenes antropológicos donde se gestaron las futuras hazañas: en la vida campesina, familiar, fraterna, religiosa, cuando el hombre y la Naturaleza eran una sola cosa.
Nos cuenta el director que «El árbol de los zuecos» nació, hace más de treinta años, de sus estancias estivales con su abuela en Treviglio. Tenía tomadas unas notas posteriores, recuerdos infantiles, que ahora se transforma en imágenes. Nada pudo borrar el impacto de aquellas experiencias, cuando el espíritu intuye con una limpieza singular dónde está la verdad de las cosas y de los hombres. Olmi, desde su atalaya obrerista, vivida en carne propia, supo sobrevolar la indgnación indiscriminada y evitar la obra fílmica panfletaria. En lugar de esta postura, se ha acercado al pasado en búsqueda de las fuentes de la vida, sin mimetismo pero sí con reconocimiento humilde. Y ha acabado diciéndonos que ahora, cuando Batisti y Minek ya han realizado su revolución, culta e iracunda, es preciso mirar hacia ese «atrás» lleno de valores profundos, todo lo adecuables que se quiera, pero, a fin de cuentas, permanentes.
«El árbol de los zuecos» nos reconcilia con el cine porque nos reconcilia con la vida. Y en nuestra retina permanecen todavía esos personajes extraídos del campo bergamasco, únicos protagonistas del filme. En ellos se esconde una extraña sabiduría, pérdida en el asfalto.
Norberto Alcover (extractado de “Cine para leer” 1979.
Ed. Mensajero, Bilbao, España)
