El año en que vivimos en peligro

PETE WEIR

Nació el año 1944 en Sidney, Australia, adquiriendo prestigio en la actividad teatral como actor, director y escritor. Su primer trabajo cinematográfico fue Homesdale, realizado en 1971 y descrito por un critico como “un filme experimental de 50 minutos sobre un mortífero campo de vacaciones para tipos desanimados de la ciudad”. El juicio tiene interés porque establece desde un comienzo la afición de Weir por temas inquietantes, en que un estado de normalidad aparente es socavado por la irrupción de fenómenos insólitos.

Su primer largometraje, The Cars that Ate Paris (1974) trataba de una pandilla motorizada que sembraba la intranquilidad y el miedo. Sus películas posteriores son conocidas en nuestro país: El Misterio de las Rocas Colgantes (1975), La Última Ola (1977), Gallipoli (1981) y El Año que Vivimos en Peligro. Entre ellas realizó The Pumbler (1979), una película para la televisión, no exhibida en Chile.

El Misterio de las Rocas Colgantes, que se basaba en un hecho real para crear un clima fantástico que no descuidaba la observación social, constituyo uno de los más razonantes triunfos del cine australiano, tanto en su país de origen como en Europa y en EE.UU., contribuyendo a la difusión de esa renovada cinematografía, en auge desde los primeros años de la década pasada.

La Última Ola utilizaba las premisas del genero fantástico para profundizar en ciertas particularidades antropológicas y culturales de la nación australiana.

Gallipoli recrea un episodio de la Primera Guerra Mundial, en que se vieron involucradas tropas de Australia, en un relato de contenido antibélico, tanto más estremecedor cuanto que en él se eluden los tópicos frecuentes en esta clase de filmes, en beneficio de una exposición que contrasta dramáticamente las tendencias que afirman la vida, con aquellas que propician la destrucción. En ambas obras hay un cierto fatalismo, una visión casi apocalíptica, desarrollada a través de un lenguaje refinado, en el que abundan los matices sutiles y la creación de atmosferas próximas a la alucinación.

La aptitud de Weir para pulsar un registro que tiende hacia lo fantástico y lo psicológico, pero estrechamente vinculado a una realidad cultural y social reconocible, ha hecho de este realizador el exponente más destacado del cine australiano actual –probablemente junto a Bruce Beresford-, constituyéndose, a estas alturas en una figura con proyección internacional.

SERGIO SALINAS

 

EL AÑO QUE VIVIMOS EN PELIGRO

La aptitud de Peter Weir, nada de manipuladora ni retorica, para elaborar atmosferas de misterio y tensión, su sensible aproximación al ser humano enfrentando a un medio hostil y amenazador y ante el cual se halla impotente y desarmado, lo sitúan entre esos cineastas de la lucidez y la serenidad, que reflejan el horror de nuestra época con un lenguaje directo y desapasionado, pero no exento de emoción.

El Año que Vivimos en Peligro narra la odisea de un periodista australiano en Indonesia, el año 1965, cuando el presidente Sukarno es avasallado por los militares derechistas que provocan la masacre de cientos de miles de izquierdistas e inmigrantes chinos, bajo el pretexto de la llegada de armas desde el exterior.

En este marco histórico, Weir elabora un relato en que el misterio, una de sus constantes, está siempre presente. Guy Hamilton (Mel Gibson), periodista, joven y ambicioso, encuentra a Billy, un camarógrafo enano (interpretado magistralmente por la actriz Linda Hunt), que se transforma de pronto en otra voz que narra la historia.

Las reflexiones de Billy, sus citas eruditas, el misterioso archivo que guarda información sobre sus amigos y sus referencias a antiguos ritos indonesios, crean una especie de relato paralelo que actúa como contrapunto de los acontecimientos políticos.

En la búsqueda ética de ese personaje se percibe una suerte de santidad laica y su sacrificio (anunciado simbólicamente antes) se asemeja a una crucifixión.

Por otra parte, todas las peripecias por las que atraviesa Hamilton, el protagonista principal, tienen el carácter de pruebas que lo miden en términos morales y emocionales: su amistad con Billy, su amor a Jillian (Sigourney Weaver), la muchacha inglesa, su lealtad a ambos, su postura ante los acontecimientos políticos.

En este mundo de periodistas europeos y norteamericanos en un país asiático convulsionado, en que la única defensa ante la tensión y el calor parece ser el cinismo y la embriaguez, el filme se plantea como una reflexión sobre el compromiso a que arrastra cualquier posición moral y las permanentes opciones a que obliga al individuo.

Es así como Hamilton se enfrenta a la tentación de traicionar una presunta infidencia de Jillian, para mejorar su carrera periodística, agudizando, con su información, un explosivo conflicto.

Por otra parte, cada paso de Hamilton parece estar entre éste y Jillian se sugiere una misteriosa complicidad que persigue empujar a Hamilton a decisiones que lo definen moral y emocionalmente.

Allí está presente ese nivel que surge siempre en el cine de Weir, que deja a menudo hechos sin explicar, sumidos en una dimensión mágica e indefinible, que roza el ámbito religioso.

Los explícitos y a veces secretos nexos que ligan a los personajes se establecen en una atmosfera en que el paisaje y la escenografía, como ocurre siempre también en el cine de Weir, juegan un rol expresivo fundamental. Los barros miserables de Jakarta contrastan con un paisaje de mágica belleza, casi paradisíaco, en el que se decide el destino de Hamilton; los interiores de bares y bungalows transmiten el calor sofocante; las calles atestadas de gente, recorridas por vehículos militares, comunican la impresión de inminente catástrofe, de violencia a punto de desatarse. La densidad física del cine de Weir, lograda por una especial aproximación de la cámara a sus personajes, deteniéndose con atención en sus expresiones y miradas, transmitiendo sus conflictos y tensiones interiores, es otra de las características de su estilo.

Todo parece fluir con facilidad y soltura; el relato, que nos recuerda las penetrantes atmósferas físicas y morales de las novelas de Graham Greene (El Americano Tranquilo), integra eficazmente la reflexión profunda al acontecimiento, al hecho externo.

Con este filme, el director australiano se confirma como uno de los realizadores más interesantes de la actualidad.

JOSE ROMAN.

CRÍTICAS

Archivos Normandie es un archivo patrimonial digital que pone en valor la crítica cinematográfica y la programación del Cine Arte Normandie entre 1982 y 2001.


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