FRANCOIS TRUFFAUT
Nace en Paris, en febrero de 1932 y fallece en Octubre de 1984. Después de una infancia difícil y un período de trabajo alienado que apenas le deja tiempo para dar curso a su vocación de cinéfilo, traba contacto con el teórico André Bazin y se incorpora a la crítica en Cahiers du Cinema, junto a Godard, Chabrol, Rohmer, Doniol Valcroze y otros. Es la época en que se articula todo este sistema teórico que ve en el filme una escritura personal, un lenguaje del comportamiento y de la acción, ajeno a las veleidades literatosas y teatrales que caracterizan al llamado «cine de calidad» francés. Es el momento de la «nouvelle vague», movimiento del cual Truffaut fue uno de sus principales autores.
Aunque sus primeros pasos los dio junto a Godard (hicieron juntos un cortometraje y Truffaut fue el guionista de (Sin Aliento), pronto se distanció de las exploraciones en el lenguaje de ese otro portento del cine y se abocó a la más modesta tarea de contar historias de amor. Al fin y al cabo este tipo de relatos habían permitido en gran medida al cine transformarse en un lenguaje y construirse una tradición. Pero estas historias de amor de Truffaut poseían un lirismo, una ternura, una ferocidad, un desencanto nunca antes vistos en el cine. El romanticismo de Hitchcock, el escepticismo del “realismo poético” francés (especialmente de Jean Renoir), la ternura anárquica de Jean Vigo, el humor leve de René Clair, confluyen, entre otras influencias, para configurar ese estilo inimitable de Truffaut.
Lirismo, ternura y humor en la saga de Antoine Doinel, el niño de Los 400 Golpes, que continúa con Antoine y Colette, La Hora del Amor, Domicilio Conyugal y El Amor en Fuga. También hay ferocidad y desencanto y un aura trágica en sus aproximaciones al «cine negro», de donde surgen algunos de sus filmes más perfectos: Disparen sobre el Pianista, La Novia Vestía de Negro, La Sirena del Mississippi, que pueden contarse entre las más hermosas historias de amor y fatalidad de la historia del cine.
En la filmografía de Truffaut, entre obras amables y melancólicas surgen de pronto los torbellinos arrasantes, los amores trágicos que tienen la belleza y la fuerza de la pasión total. En Jules et
Jim, Las Dos Inglesas y el Continente, La Historia de Adele H., La Mujer de la Próxima Puerta está expresada la dimensión trágica de la existencia.
Sus personajes no conciben el amor como una experiencia de medias tintas. Este aparece como una fuerza redentora y destructora a la vez. Su intensidad es lo único que puede rescatarnos de las decepciones y la banalidad de la existencia, aunque de paso nos aniquile, parece decirnos Truffaut en estos filmes intensos y hermosos.
Estructuras duales simétricas, formando precisas ecuaciones, lo revelaban como profundamente preocupado de la perfección del relato, de la estricta necesidad de cada situación, de cada plano. Filmes tan dispares en temas como El Niño Salvaje, Farenheit 451 o El Ultimo Metro, no lo eran tanto en su construcción ni en sus preocupaciones morales. Desconocidas en Chile, La Piel Dulce, La Pieza Verde, El Hombre que Amaba a las Mujeres, parecen ser otras tantas confirmaciones de su talento . En una película que nos hablaba explícitamente del cine, La Noche Americana, nos decía que «un realizador es alguien que se hace preguntas sin cesar, preguntas a propósito de todo. A veces tiene las respuestas, pero no siempre». Podríamos decir al respecto que cada una de sus películas supo plantear las preguntas precisas y que el conjunto de su obra nos dio algunas importantes respuestas.
JOSE ROMAN
EL AMOR EN FUGA
Este es el último filme de la serie sobre el personaje de Antoine Doinel, iniciada con Los 400 Golpes y en él Truffaut consigue escenas que ningún otro director en la historia del cine podría lograr con tan elegante, conmovedora y cómica autoridad. El recurre también a los «flashbacks» (vueltas al pasado) de los filmes previos con ejemplar tacto y habilidad. Antoine ha pasado por muchas peripecias después de ese momento en que nos quedaba mirando, sin acusación ni piedad, en los famosos últimos cuadros congelados de Los 400 Golpes. Hay un plano en la nueva película en el que Doinel destroza un pretil y una de sus muchachas dice con una mueca exasperada: “El está siempre corriendo, no ha cambiado”.
Esto es cierto respecto de Doinel, pero no de Truffaut. Doinel se ha casado, ha tenido un hijo, ha perseguido innumerables muchachas, ha publicado una novela y ha renunciado a su empleo como corrector de pruebas en una imprenta; mientras tanto su creador ha dirigido unos veinte filmes, la mayor parte de ellos obras maestras. La brecha en logros y, por implicancia, en imaginación es peligrosamente ancha. Pese a toda la ternura y objetividad que Truffaut concede a su héroe, Doinel permanece como poco más que un posero, un cazador de faldas, un hombre pretencioso, un parisino pesadillesco cuya arrogancia está revestida de auto-compasión. Curiosamente, él no muestra ninguno de los signos neuróticos convencionales de un niño que ha sufrido de la manera en que lo vimos en Los 400 Golpes . Su única inseguridad parece ser la extendida mente convencional de poseer una libido bien desarrollada. El es burgués por completo; en cambio, con la evidencia de sus grandiosamente humanos y variados filmes, Truffaut no es así.
Las muchachas en la nueva película son tan maravillosas como antes, todas tan lindas ahora como lo eran en sus manifestaciones originales, Está la Colette de Marie-France Pisier, quien aparece también acreditada como co-autora del guión. Ella revela claramente una aguda inteligencia tras su voluptuosa alegría. En cambio, la Cristina de Claude Jade tiene ahora algo de la fría dulzura de la Delphine Seyrig en La Hora del Amor.
La trama es de una complejidad que desafía la posibilidad de resumirla. Basta decir que Antoine ha descubierto a Sabine juntando los pedazos de una fotografía suya que ha recogido después de ver a un hombre romperla furioso mientras telefoneaba en una cabina. Este acto y la tentativa de encontrar a Sabine sería la trama de su nueva novela (la que asegura a Colette que no sería autobiográfica). Los temas son más fácilmente identificables. Doinel está madurando emocionalmente; podemos pensar que quizás la conquista final de Sabine indica que él se sosegará. La carrera está por terminar. El ya no está en fuga.
Esta maduración está bien ejemplificada en la mejor escena del filme, cuando por casualidad él encuentra a un viejo amante de su madre, ahora envejecido y reumático y que fuera responsable de sus mayores sufrimientos años atrás.
Hay una atmósfera de deliciosa generosidad que es completa y misteriosamente liberada de sentimentalismo y que solamente podría ser producida por este director. Truffaut puede estar lleno de invención e ideas, pero él sabe que lo principal es su comprensión del amor en cualquiera de sus manifestaciones. El tiene por este sentimiento un respeto que muchos otros artistas reservan exclusivamente para el dolor o el éxtasis.
Truffaut es el Mozart del cine; un hombre cuya obra es tan exaltadora, precisa y sorprendente, tanto en el incesante encanto de su superficie, como en sus delicadas profundidades, que los intentos críticos parecen, en realidad, fútiles .
(Extractado de crítica de Julian Jebb, «Sight and Sound», Winter 1979/80)
