Zelig

AUTORES: José Román, Sergio Salinas
PELICULA: Zelig
TÍTULO ORIGINAL: Zelig
AÑO ESTRENO: 1983
DIRECTOR: Woody Allen

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WOODY ALLEN

 

Nació en Nueva York en 1935, hijo de un joyero y con el nombre de Allen Stewart Koningsberg. Fue un niño retraído y alumno indisciplinado, con dificultades en sus relaciones con maestros y condiscípulos. Desde la adolescencia comenzó a escribir textos cómicos hasta incorporarse, a los 17 años, al equipo de libretistas de la cadena N.B.C. de televisión. Allí, inició su carrera de humorista, trabajando además en pequeños teatros y «night clubs». En 1965 fue contratado para escribir los diálogos de la película ¿Qué pasa Pussycat?, dirigida por Clive Donner, experiencia que repetiría en el filme paródico Casino Royale (1967).

 

En 1969 dirige su primera película: Robó, huyó y lo pescaron, en la que también es coguionista y principal intérprete. Desempeña los mismos roles en su segundo filme: La locura está de moda, realizada en 1971. Al año siguiente escribe el guión e interpreta Sueños de Seductor, basada en una exitosa pieza teatral del propio Allen. Aunque la dirección de este filme pertenece a Herbert Ross la intervención de éste puede considerarse como la ejecución práctica de un planteamiento íntegramente debido a Allen; la cinta desarrolla una temática y un personaje que se relaciona en forma estrecha con los temas y motivos de las obras en que Allen es autor completo.

 

Estos filmes cierran la primera etapa de la trayectoria fílmica de Woody Allen. El manejo del lenguaje cinematográfico no es en ellos maduro ni refinado; despliega, en cambio, un humor caudaloso, corrosivo, iconoclasta, predominantemente verbal.

 

Se configura ya en estas obras un personaje característico: el intelectual pequeño, esmirriado, inseguro, con permanentes problemas en su vida sentimental; y a la vez, aparecen los motivos constantes a los que se dirigirá el humor de Allen: el psicoanálisis, la cultura, la sociedad, las complicadas formas de relación en la vida urbana contemporánea y la crisis de valores que en ella se detecta.

 

Su segunda etapa se caracteriza por su derivación hacia la parodia, integrada por los filmes Todo lo que usted quería saber sobre el sexo y temía preguntar (1972), no exhibido en Chile; El dormilón (1974), sátira del cine de ciencia-ficción; y La última noche de Boris Grushenko, parodia de «La Guerra y la Paz» y de los filmes históricos. En estas películas Allen multiplica las referencias. citas y homenajes. en clave humorística y desmitificadora, preparando el camino para sus obras más recientes, en que todos los elementos dispersos en sus anteriores creaciones se integran en un tratamiento cinematográfico altamente logrado.

 

Este último período se abre con Dos extraños amantes (Annie Hall), comedia dramática de planteo complejo, aunque aun excesivamente verbalizado, para lograr una primera culminación con Interiores, en que la expresión fílmica está completamente dominada. Aquí se revela la faceta «seria» de Allen, como un sensible analista de las relaciones humanas, las que aborda con gravedad y delicadeza. Su filme siguiente, Manhattan, es, para muchos críticos, su obra maestra. Asimilando las más diversas influencias, desde Bergman y la cultura europea, hasta la tradición de la comedia clásica norteamericana, Allen consigue una película de equilibrio perfecto. Realiza luego Recuerdos, una suerte de parodia-homenaje al célebre Fellini Ocho y medio, revelando, en forma más directa que sus películas precedentes, la veta culturalista y referencial de su cine. Lo mismo ocurre con Comedia sexual en una noche de verano, una curiosa simbiosis paródica de la célebre obra de Shakespeare y de Sonrisas de una noche de verano, de Bergman.

SERGIO SALINAS

 

ZELIG

 

Cada película de Woody Allen constituye una sorprendente experiencia en el terreno del lenguaje cinematográfico, aunque los temas que lo inquietan permanezcan más o menos los mismos a lo largo de su carrera.

 

Pero tal vez nunca antes había ido tan lejos en la exploración de los límites del cine como medio expresivo. De partida, en Zelig asume un tono de narrador indirecto, extremadamente distanciado, para relatarnos su fábula. Se trata de Leonard Zelig, un caso digno de Ripley, que presuntamente hiciera noticia entre los años veinte y treinta en los EE.UU. Este personaje de ficción, con su particularidad de mimetizarse de acuerdo a las personas con las cuales se encuentra, constituye un hallazgo muy propio del humor de Allen.

 

Las peripecias del presunto Zelig nos son referidas por el realizador como si se tratara de una exposición de auténticos documentos de época: antiguos noticiarios, fotografías de archivo, trozos documentales. Lo esencial de este material ha sido filmado por Allen y convenientemente envejecido y mezclado, mediante el montaje, con documentos reales y hábiles trucajes fotográficos. Alternado con entrevistas actuales a personajes auténticos, como los escritores Susan Sontag y Saul Bellow (en una parodia de las entrevistas que aparecían en Reds), la película adquiere la apariencia de una verdadera crónica biográfica, fruto de la investigación y la recopilación de materiales de archivo.

 

En esta estructura, Allen renuncia a las principales conquistas del lenguaje cinematográfico: la reconstrucción argumental mediante la puesta en escena, la continuidad narrativa, los recursos de montaje e incluso la calidad fotográfica, ya que sus imágenes parecen captadas al azar o por aficionados.

 

No obstante el carácter indirecto del relato y su construcción fragmentaria, discontinua y de apariencia documental. Allen logra dotar a su personaje de tanto humor como patetismo. reflejando en él sus temores, inadaptaciones y esquizofrenias, así como la condición del hombre en las sociedades masificadas y opresivas.

 

El «fenómeno Zelig» sirve a Allen para ironizar no sólo sobre la masificación del individuo, sino también sobre los comportamientos colectivos ante un caso extraño, sobre las especulaciones de la ciencia y del psicoanálisis. sobre la intolerancia y el racismo y todas las demencias que aquejan a nuestra época.

 

El itinerario de Zelig, producto publicitario, iniciador de modas, recluta del nazismo, víctima de la explotación de sus parientes, conejillo de Indias, da testimonio de una sociedad y una época tan deshumanizada como absurda. Sí el humor y el distanciamiento de Allen neutralizan la ferocidad de las situaciones, no disipan el malestar específico que se va acumulando a lo largo de su discurso.

 

Como lo señala el escritor Alfonso Calderón: «En esta maravillosa comedia, ya no existe la mera autorreferencia en un juego de sueños y nostalgias, de saludos al mundo y de testamentos destinados a preservar los gustos y las imposibilidades, porque Zelig es más que eso, una aventura en la búsqueda del eterno relativismo de la historia y de la verdad de sus contenidos».

JOSÉ ROMÁN

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