Las largas vacaciones del 36

JAIME CAMINO

Nació en Barcelona, en 1936. Estudió música y derecho antes de iniciar sus actividades en el cine, filmando tres cortometrajes el año 1961. En 1963 dirige su primer largometraje: Los felices 60, descripción de una intriga amorosa en los lugares de veraneo de la alta burguesía barcelonesa.

Posteriormente realizó un mediometraje de tema deportivo: «Copa Davis, 1965«; una comedia costumbrista sobre los medios del cine y la publicidad: Mañana será otro día (1966) y un melodrama de trasfondo político: España otra vez (1967), que representó a España en el Festival de Cannes de 1969. Ese mismo año rodó Un invierno en Mallorca, historia sobre la estancia de Federico Chopin y George Sand en Mallorca.

Sus filmes más recientes han sido La vieja memoria, ampliamente elegida por la crítica y que es, junto a España otra vez y Las largas vacaciones del 36 su tercer largometraje con el tema de la guerra civil; y La campanada, con colaboración en el guión del crítico e historiador del cine Román Gubern, la que recibió una fría acogida de parte de la crítica española.

 

LAS LARGAS VACACIONES DEL 36

La progresiva liberalización que los nuevos aires políticos han traído a la cultura española, debía manifestarse, naturalmente, en el arte cinematográfico. La sangrienta guerra civil había sido por cuarenta años un tema tabú, a menos que se la enfocara desde el punto de vista oficial, es decir, de los vencedores de entonces. Si ciertos cineastas aludían a la guerra fratricida desde una perspectiva crítica, recurrían a la alegoría para sortear los rigores de la censura, como lo hizo, por ejemplo, Carlos Saura en La caza (1965). De ahí el interés básico de un filme como Las largas vacaciones del 36, realizada bajo condiciones caracterizadas por un aperturismo progresivo, la efectiva aunque declinante presencia de Franco (murió un año después) y el necesario «ajuste de cuentas» con el pasado que se exigía la intelectualidad española, manifestado en esa reivindicación del derecho a la memoria de que nos habla el director Jaime Camino.

La mirada de Camino no pretende ser de testimonio directo. Su visión de la guerra es indirecta, proyectada sobre los no combatientes. El filme se limita a narrarnos los ecos de la guerra en ese sector y, especialmente, en sus niños. La indefinición, las vacilaciones, el temor o el directo compromiso en el conflicto se dan en los diversos componentes de ese grupo social cercado por la guerra. Para los niños ésta se traduce en temas para sus juegos. »Los adultos, en cambio, se ven progresivamente involucrados, a su pesar, en las consecuencias de la guerra. De los tiempos de la festiva paella campestre a la época del hambre y del mercado negro no parece haber transcurrido un lapso suficiente para alterar sus conciencias. Sólo Quique, el hijo adolescente de un oficial republicano muerto en la contienda, asume lo que considera su responsabilidad moral, enrolándose en el ejército republicano.

Es éste el único personaje en el que podemos apreciar una evolución. Para él, esas «largas vacaciones» significan el adiós al mundo de los juegos infantiles y la asunción de su compromiso en la contienda real. Significan también su maduración sexual y efectiva a través de su contacto con Encarnación, la criada andaluza. En este personaje, aparentemente secundario, Camino da muestras de una particular sutileza y capacidad de sugerencia para abordar las relaciones humanas y sus aspectos sociales y psicológicos. De las cómicas y vociferantes manifestaciones reivindicativas de sus derechos, alentados por la República, Encarnación pasa luego a una expresión de ternura que traduce lo más profundo de su humanidad.

Frente a éstos, los demás personajes aparecen pálidamente esbozados en un comienzo, para irse delineando con fuertes trazos hacia el final. Admirable es la capacidad del realizador para sintetizar, en breves escenas, relaciones, emociones e ideas complejas, como aquella en que, perdida ya la guerra, el abuelo abofetea a Jorge, el médico que se ha refugiado en sus investigaciones para eludir su compromiso en el conflicto.

Si el filme, especialmente en su primera parte, evidencia algunas debilidades, sobre todo en el manejo de los intérpretes infantiles, su coherencia como obra globalmente lograda prevalece. La perspectiva de Camino es objetiva sin ser neutral. Su filme está dirigido fundamentalmente a la emocionalidad, testimoniando, además, que después de cuarenta años de silencio la conciencia española goza de buena salud.

JOSÉ ROMÁN

CRÍTICAS

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