JOHN HUSTON
Nacido en Nevada, en 1906, John Huston es uno de los últimos representantes de una generación de realizadores que dotó de particular brillo al cine norteamericano surgido en la dé cada del cuarenta. Después de una juventud tumultuosa y aventurera, en la que compartió la rebeldía y el pesimismo de la llamada «generación perdida» (Hemingway, Fitzgerald), ingresó al cine a través de la escritura, trabajando como guionista de realizadores como William Wyler (Jezabel), Howard Hawks (El sargento York), Orson Welles (El extraño) y William Dieterle (Juárez), entre otros.
Su primera película como director, El halcón maltés (1941) constituyó un pilar fundamental del «género negro», con su visión escéptica de la sociedad y su constatación de la ambigüedad moral que rige las relaciones humanas.
Algo que caracteriza al cine de Huston es que ha recorrido diversos géneros: el filme de aventuras (El tesoro de la Sierra Madre, La reina africana, El hombre que sería rey), el thriller (La carta del Kremlin, El emisario de Mackintosh, Fobia), el western (Lo que no se perdona, El juez del patíbulo), la reconstrucción de época (Moulin Rouge, Moby Dick, Freud, La biblia, Camino con el amor y la muerte), sin que por ello estos filmes dejaran de estar marcados por un sello personal, tanto en sus temas como en su estilo. Esto resulta aún más sorprendente si consideramos que la mayoría de sus películas son adaptaciones de los más diversos y aparentemente disímiles autores: Dashiell Hammett, Bruno Traven, Stephen Crane, Herman Melville, Romain Gary, Carson McCullers, Rudyard Kipling, Malcolm Lowry. En ellos el realizador ha encontrado un reflejo de sus propias inquietudes y visión del mundo: la aventura humana, el fracaso, la relativización de los mitos y afanes y la rebeldía profunda como una manifestación de la dignidad humana.
Cuando en su penúltima película, Bajo el volcán (1984), Huston con su visión lúcida, pesimista, trágica, vuelve a conmover la conciencia y la emoción en un relato conducido con maestría, parecía estar ofreciendo su testamento artístico. Pero he aquí que nos hace casi de inmediato un guiño de complicidad, volcándose en El honor de los Prizzi a una historia de humor negro que recupera gran parte de sus constantes y que él conduce con la sabiduría y el vigor de un joven de ochenta años.
EL HONOR DE LOS PRIZZI
Al considerar los aspectos estilísticos y temáticos de El honor de los Prizzi, es preciso no perder de vista que su realizador se sitúa en los momentos culminantes del moderno cine negro norteamericano, a partir de su célebre El halcón maltés (1941), basada en la novela de Dashiell Hammett y prosiguiendo su exploración en el mundo del delito con Huracán de pasiones (1948), Mientras la ciudad duerme (1950) y con esa parodia de su propia mirada sobre el thriller que fue La burla del diablo (1953).
Si alguna filiación es posible encontrar a El honor de los Prizzi con esos filmes, no es menor el nexo que podemos hallar entre su último filme y la mayor parte de las consideradas obras mayores de Huston, a partir de una concepción del mundo, una estética y una ética que se trasluce del punto de vista asumido por el realizador ante cualquiera de los géneros que ha abordado a lo largo de su carrera.
Iluminada por el resto de su obra, El honor de los Prizzi puede ser vista también como un filme original, maduro, bellamente perverso y demostrativo de la evolución de un narrado r que ha recorrido el arte cinematográfico de ida y vuelta.
En un primer nivel, El honor de los Prizzi aparece como una parodia de cierto cine negro, con sus rasgos dominantes: el mundo del delito, la muerte violenta, la psicología criminal, el código de honor que rige ese microcosmos social llamado «maffia», y, en fin, el amor y la fatalidad en una viscosa simbiosis que aproxima el género a la tragedia.
Al igual que esa obra maestra que fue Mientras la Ciudad Duerme, se trata del medio delictual visto desde dentro, sin livianos juicios morales ni denunciándolo a la luz de la ética burguesa. Los Prizzi son una familia que controla todos aquellos negocios sucios que la mafia puede controlar (juego, prostitución, tráfico de drogas, extorsión) y su moral no es demasiado diferente de la de cualquier grupo empresarial que haya acumulado tal volumen de poder. Para los arreglos de cuentas con sus rivales, los Prizzi cuenta n con Charley Partanna, un matón profesional, «ahijado» de la familia.
Los rasgos caricaturescos con que Huston dota a Charley, un asesino de pocas luces que obedece ciegamente las órdenes de su clan, no lo despojan de su fundamental humanidad. Probablemente su atipicidad, su compleja combinación de lo grotesco, lo brutal, lo ingenuo, hacen del personaje de Partanna un fascinante espécimen del submundo, comparable con el inolvidable Humphrey Bogart de El Tesoro de la Sierra Madre. Para Charley Partanna el amor aparece como una oportunidad de redención, de romper con los Prizzi y asumir, por primera vez, sus propias. decisiones. Pero como siempre en Huston, la fatalidad irrumpe para burlar las expectativas de sus héroes o anti-héroes.
Es este segundo nivel, el estrictamente existencial, el que impide que El honor de los Prizzi sea tomada como una simple parodia de El padrino. En una magnífica estructura narrativa, sorprendente por su aparente simpleza y linealidad, Huston encierra a su protagonista en una trampa en la que su peripecia se transforma en una ilusión de libertad. Sin embargo, para él todo está decidido de antemano. Una extraña simetría rige su amor con Irene Walker. Ambos son asesinos a sueldo, ambos trabajan para proteger los intereses de los Prizzi, ambos terminan siendo contratados para matarse mutuamente. Fuera de la «familia» no hay salvación.
En el centro de esa especie de ecuación está Maerose, la ex mujer de Partanna y nieta de Don Cerrado , el «padrino» . Ella es una especie de demonio astuto y vengador que llega a constituirse en el detonante del destino de los otros personajes. Probablemente ella terminará, a través de Charley, manejando el clan.
Más allá de la metáfora sobre el poder que puede desentrañarse del filme, está esa preocupación de Huston por los destinos individuales: el sueño de independencia de Charley es como el de poder de El hombre que sería rey o de prosperidad de los protagonistas de Mientras la ciudad duerme, un sueño destinado al fracaso.
JOSÉ ROMÁN
