DAVID LYNCH
Nacido el 20 de enero de 1946 en Montana, EE.UU., David Lynch cursó estudios de pintura en Boston. En 1966 llevó a cabo su primera experiencia fílmica, rodando una brevísima película de un minuto, a un costo de doscientos dólares. Posteriormente realizó otros dos filmes: Alphabet, mezcla de animación y de reportaje y The Grandmother, de treinta y cuatro minutos y filmada en color, hasta ser becado, en 1970, por el American Film Institute, radicándose en Los Ángeles.
En 1977 estrenó su primer largometraje, Erasehead, filmado en forma intermitente durante varios años y costeado en parte con una subvención del American Film lnstitute y en parte con dinero reunido por él mismo. Es una película fotografiada en blanco y negro, de ochenta y nueve minutos y realizada de manera casi amateur, en la que Lynch se hizo cargo o intervino activamente en casi todas las etapas del proceso técnico. Erasehead tuvo escaso éxito en su debut, hasta que fue lanzada por. un empresario atento en los llamado «midnight films» (franja de programación nocturna en algunos circuitos norteamericanos, dedicados preferentemente a la divulgación del cine fantástico y terrorífico). Allí tuvo una acogida considerable, permaneciendo largo tiempo en programación en Los Ángeles y Manhattan, pero sin llegar a exceder este tipo de exhibiciones limitadas.
Por estas razones, Erasehead no se ha difundido fuera de EE.UU. Las referencias disponibles señalan que se trata de una cinta de gran originalidad, centrada en un personaje acosado por una realidad opresiva y en que el relato circula libremente entre lo real, lo onírico y lo imaginario. Al parecer, ya en esta obra Lynch muestra predilección por los temas de la deformidad y la fealdad, lo que le situarla como un interesante antecedente de El Hombre Elefante. Este es el segundo largometraje de Lynch, realizado enteramente en Inglaterra y el primero hecho en un marco de producción estrictamente profesional e industrial.
Posteriormente, el realizador norteamericano ha dirigido Duna, película de ciencia-ficción basada en una novela de Frank Herbert y en la que muestra un hipotético mundo del futuro con una imaginería romántica y espectacular.
EL HOMBRE ELEFANTE
Basada en un hecho real, esta película británica describe la historia de John Merrick, un joven que padecía de una horrible deformación física. El filme recoge la crónica de su vida desde que es rescatado por el doctor Frederick Treves de un circo en que era exhibido en calidad de monstruosidad exótica. En el hospital de Londres, Merrick se convertirá en una curiosidad científica, provocando el interés de la prensa y de los círculos más elevados de la sociedad londinense de la época.
Con este tema, el director David Lynch ha realizado una cinta de méritos más que apreciables. El acento en el filme de Lynch no está puesto en el proceso de paulatina incorporación a la cultura de un ser humano rescatado de l estado de animalidad, como ocurría en El Niño Salvaje, de Truffaut o en El Enigma de Gaspar Hauser, de Herzog. La intención de Lynch es muy distinta.
Cuando los cuidados de Treves y del personal del hospital le infunden suficiente confianza, MerricK se revela como un ser que no sólo puede y sabe expresarse , sino que posee una fina sensibilidad y una delicadeza de espíritu privilegiada.
Así, transcurrido el primer tercio del filme, la situación inicial se invierte. Lo monstruoso y deforme empieza a configurarse no en el desdichado Merrick, sino en la sociedad que lo observa como un fenómeno, juzgándolo por su apariencia física, que lo ultraja y lo expolia. De lo que habla realmente esta película es de· una forma de monstruosidad moral que se gesta en un contexto preciso: el de la sociedad victoriana.
Induce a esta conclusión no sólo el esmero en la reconstrucción de la época, realzada por la excelente fotografía en blanco y negro de Freddie Francis (a su vez, interesante realizador de filmes de terror). El director establece con precisión el retrato de ese momento histórico que es, inequívocamente, el del apogeo de la burguesía surgida de la revolución industrial, registrando sus rasgos característicos: drástica división en clases sociales, auge de la ciencia y de la técnica, predominio del maquinismo, rígida moral puritana sistematizada en un código de tabúes y convenciones , con su consiguiente secuela de represiones y tensiones no resueltas.
En este contexto , la irrupción de un hombre de caracteres físicos anormales precipita la manifestación de todos los prejuicios y tendencias destructivas: el miedo a lo diferente; la asociación de Merrick con un animal, signo de una cultura que ha llevado al extremo la disociación con la naturaleza; el lucro inescrupuloso; la obsesión científica carente de orientación moral.
Más que en diálogos o disertaciones explícitas, el filme entrega este sentido a través de los elementos de su puesta en escena. Las imágenes y el sonido (trabajado personalmente por el director) multiplican las referencias a los avances técnicos de la época: trenes, buques, chimeneas arrojando torrentes de humo, hornos industriales, lámparas a gas en primer plano. Lynch parece decirnos que en esa sociedad -antecedente directo de la nuestra- y bajo la apariencia del progreso, se incuba un infierno.
Más allá de sus rasgos externos, Merrick parece representar todo lo que esa civilización excluye o condena: el arte y el auténtico sentimiento religioso. No es casual que el «monstruo» sea un lector aplicado de la Biblia ni que posea un aguzado sentido estético (escena en que lee a Shakespeare y Mrs. Kendal, la prestigiosa actriz , lo reconoce como «el verdadero Romeo»). Ambas inquietudes de Merrick se fusionan en sus notables trabajos en cartón, que representan iglesias.
Aunque con algunas imperfecciones (el insuficiente desarrollo del personaje de la actriz y de la relación con el teatro), parece indudable la intención del director en orden a establecer una asociación entre Merrick y la condición del artista en la sociedad moderna: el ser marginal, explotado o incomprendido, asumiendo el dolor en forma lúcida, objeto de repulsa o curiosidad morbosa, portador de una belleza interior tardíamente reconocida.
Con un estilo reposado y exacto que revela al narrador nato, David Lynch ha creado una obra interesantísima, pródiga en ideas y sugerencias. A pesar de algunos pequeños ripios, su película evita las truculencias y efectismos a que podía conducir el tratamiento de un tema como éste. No se trata de un filme de terror. La emoción que en él se origina remite a un sentimiento de dolor, de desolación, ligado a la representación de conflictos humanos reales que Lynch ha logrado expresar con rigor y sin complacencias.
SERGIO SALINAS R.
